domingo, 12 de diciembre de 2021

Cicloturismo: Circuito Lago Llanquihue

Vacaciones. Pocos días. Muchas ganas de pedalear, probar los nuevos bolsos de bikepacking, acampar y hacer un par de senderos caminando. Un poco de organización y salió pedaleo para dar la vuelta al lago Llanquihue.

Día 1: Viaje Santiago - Puerto Varas

Nos recibieron unos amigos de la Coni en su casa para poder pasar la noche y poder partir temprano al día siguiente. Gracias Cata y Pablo.

Día 2: Puerto Varas - Puerto Octay

Buscando información no encontramos mucho sobre qué sentido era más conveniente para hacer este circuito, por lo que optamos por hacerlo en sentido horario.

Para salir de Puerto Varas tomamos el camino de la costanera y luego un camino de tierra que va paralelo a la línea del tren hasta llegar a Llanquihue. Se puede ingresar por el portón de un hotel a este camino. Saliendo de Llanquihue se toma la ruta V-155 que sigue toda la costa del lago para luego tomar la ruta V-305, la que se interna por Punta Larga para llegar a Frutillar Bajo. 

Algún lugar entre Llanquihue y Frutillar.

En Frutillar paramos por un kuchen y un café, además de disfrutar un rato de la vista al lago. Subimos a Frutillar Alto y seguimos por la ruta U-55-V hasta Puerto Octay.

Yo y el volcán Osorno de fondo

La ruta tiene dos repechos que requieren un poco más de esfuerzo, y que llegan a l2% de pendiente. En total el día 1 avanzamos 66,7 km con 755 m de desnivel positivo.

Ya en Puerto Octay, acampamos en el camping El Molino ($10.000 pp). Nos dio lata cocinar, así que buscamos donde comer y llegamos al restaurant Porvenir, donde comimos un muy buen salmón ahumado con papas y la merecida cerveza post-pedaleo.

Día 3: Puerto Octay - Las Cascadas - Ensenada

Salimos de Puerto Octay rumbo a Las Cascadas con la idea de hacer el trekking hacia una de las cascadas del sector. Se parte el día con la subida de la salida de Puerto Octay, siguiendo la ruta U-55-V, para luego seguir por la U-99-V, ruta que nos recibió con viento en contra hasta Cascadas. En la ruta paramos en el Rincón Alemán por un kuchen y un café.

Con la Coni camino a Las Cascadas.

En Las Cascadas hay que tomar la calle Hermano Philippi (de tierra) hasta el estacionamiento, donde Rafael, cuidador de auto, nos vio las bicis (por un aporte voluntario, jaja) mientras hacíamos el trekking. El sendero tiene una extensión de 1,2 km y se llega a un cajón con una cascada de al menos 40 m de altura.

Camino antes de llegar a la cascada.


Cascada.

Saliendo de Cascadas comienza la ciclovía del circuito Llanquihue. Llegando al Parque Vicente Pérez Rosales, comienza una subida en la que se puede ir viendo muy de cerca el Volcán Osorno y muchas de sus coladas de lavas.

En algún mirador del Parque Vicente Pérez Rosales.

Llegando a Ensenada nos quedamos a acampar en el camping El Trauco ($6.000 pp). En total ese día avanzamos 67,2 km con 715 m de desnivel.

Atardecer desde la playa del camping El Trauco.

Día 4: Ensenada - Petrohué - Puerto Varas

Salimos de Ensenada rumbo a los Saltos de Petrohué, ubicados 10 km al noreste de Ensenada, para los que hay que comprar por internet la entrada con anticipación ($3.200 pp). Allá hay cicletero al lado de la recepción, por lo que no hay problema con dejar ahí las bicicletas. Luego de ver los saltos y hacer los otros senderos donde se puede apreciar la flora y fauna del sector, seguimos pedaleando hasta Petrohué para conocer el lago Todos Los Santos. Preguntamos si era posible cruzar a Peulla, con la intención de pasar la noche allá, pero sólo salen embarcaciones hacia Peulla los días viernes, sábado y domingo, por lo que esa intención improvisada se esfumó.

Saltos del Petrohué.


En el Lago Todos Los Santos.

Tomamos rumbo hacia Puerto Varas, pasando nuevamente por Ensenada, por un camino con varios repechos cortos. Quedándonos los últimos kilómetros pinchamos los dos con unos alambres que había tirados en la ciclovía. Parchamos las cámaras y terminamos en el Shoper el recorrido tomando una cerveza local. Cata y Pablo nos recibieron nuevamente en su casa. Gracias otra vez por la hospitalidad.

Pinchados antes de llegar a Puerto Varas.

El último día pedaleamos 77,1 km con 629 m de desnivel.

Circuito de los tres días de pedaleo por el lago Llanquihue.

Día bonus: Entre Lagos

Después de descansar unos días en Puerto Varas partimos a Entre Lagos, y pedaleamos (sin alforjas) por el borde del Lago Puyehue hasta un mirador. El único problema de la ruta era el alto tráfico de camiones. Un total de 47 km con 351 m de desnivel nos despidieron del pedaleo por el sur.

La Coni.


En el lago Puyehue.


viernes, 13 de enero de 2017

Pampa Unión

Ya empezaba a cabecear. La lucha que llevaba codo a codo contra el sueño la estaba perdiendo. Me dejaba atrás y comenzaba a caer en su red. Hasta que me percaté de algo. Algo que irrumpía entre las sequedades del silencio. Algo que no era natural en el paisaje. Al menos no para un extraño como yo. La gente que pasa por ahí ya no las nota. Son una parte más del paisaje. Y así aparecen estas pequeñas estructuras. Unas de latas maltrechas por el sol. Otras de concreto y materiales de construcción más sólidos. Los adornos de diferentes colores, desteñidos casi a blanco, es lo común de estas estructuras. Miento, lo común es el símbolo religioso, esa cruz que algunos dicen cargar y a la que le asignan súperpoderes. Estas animitas aparecen en el desierto, podría decir que están equidistantes una de las otras, pero estaría mintiendo nuevamente. Lo que sí puedo asegurar, es que son muchas y todas están cerca. 

En un momento el sueño me ganó la carrera. Me quedé atrás y caí en un descanso profundo. No creo en el destino, así que llamémoslo coincidencia. Por esas coincidencias desperté en Pampa Unión, bueno, Ex Pampa Unión, para ser más riguroso. Unas ruinas en las que me gustaría haberme detenido. Otro conjunto de objetos que llaman la atención en medio del desierto. Que pasan desapercibidas para los que circulan entre el polvo y los cerros.

Imaginé a los caminantes del desierto. Heridos, sedientos, con las ansias de llegar a algún lugar con prontitud. De llegar al sanatorio de Pampa Unión. Recordé las animitas. Quizá alguna de esas animitas es de algún trabajador del salitre que quedó a medio camino del poblado de Pampa Unión.

martes, 25 de octubre de 2016

Escala de grises

Aparece de vez en cuando sacando ese momento a los rincones más someros de la memoria. Esa frágil, ¡e impredecible!, capacidad que tenemos de recordar situaciones pasadas. Así, en blanco y negro, sale a flote cual madero en un mar tormentoso, esa foto. En escala de grises, que podrían mostrar tristeza, o algún sentimiento de esa índole. Pero los grises tienen otro matiz. Y es que el recuerdo está gobernado de felicidad. Apareces contento. Con una sonrisa que hace olvidar tantos problemas que tenías. La foto la tomé con la cámara que aún conservo. Pero en mi frágil compañera ese momento aparece inalterable. Como si el tiempo no pasara. Un momento congelado, que sale a relucir como cuando en las películas exploradores encuentran un mamut entre los hielos eternos de un glaciar, y al derretirlo el peludo mamífero extinto vuelve a la vida, a perderse en un mundo que le es ajeno, pero al que alguna vez perteneció.

Y ahí estás tú. Congelado en el tiempo y en mis pensamientos. La imagen la puedo describir a la perfección. Tu cara risueña, girada levemente hacia tu hombro derecho, y apoyada en la palma de tu mano diestra. El codo sobre un cojín de ese sillón que no es tan cómodo y el brazo izquierdo extendido se pierde en ese lado de la fotografía. La camisa desabrochada en sus dos botones superiores, dejando al descubierto ese pecho que nunca tuvo pelos. Una abultada panza escondida tras una camisa blanca, que como siempre, llevabas dentro del pantalón. La piernas semi abiertas cubiertas por un pantalón de tela. De esos que siempre usabas, quizás parte de algún terno. De fondo, las murallas de living sin terminar. Con las esquinas cubiertas de pasta muro sin pintar. Y los cuadros colgados en la posición que tienen hasta el día de hoy.

En ese tiempo ya no vivíamos juntos. Y trataba de ir todos los domingos a almorzar contigo y conversar un poco de la vida. Ahí me enseñaste a ponerle un poco de whisky al pisco sour para cambiarle el sabor. En ese momento en que nos dejaban solos en la cocina para preparar el aperitivo en esa coctelera de vidrio, que pasado un rato dejaba que la tapa saliera expulsada por los aires, generando el sonido del descorche de una botella de vino.

Pero al momento en que tomé la foto no estábamos tomando pisco sour. Ese día me ofreciste una piscola. Así que sacamos del refrigerador la botella de Capel, la Coca-Cola, esos hielos grandes que te gustaban, que preparábamos en esa cubetera metálica del año del níspero. Y partimos al living con sendos vasos con uno de los tantos brebajes nacionales. Y así se pasó el rato. Antes mencioné que la memoria es frágil. A pesar de recordar todo esto, no logro dilucidar si fue antes o después de almuerzo. Qué va. Quizás no es relevante dentro de la descripción. Esa fue la única y última piscola que nos tomamos juntos. Después vinieron un par de copas de vino y una que otra cerveza. Fue un momento único. Y tuve la suerte de retratarlo. De capturar un trozo de tu alma, como era la creencia de los antiguos, en una fotografía.

lunes, 17 de octubre de 2016

Cuesta Colliguay

Antes de volver a Santiago tenía que decidirme por alguna ruta en las cercanías de Villa Alemana. Algún lugar al que no había ido. Dentro de mis opciones se encontraban: Concón desde Quillota, La Calera y la Cuesta Colliguay. En vista de que tenía ganas de dejar las piernas en el cerro, opté por la última.

El camino para llegar es sencillo. Desde Villa Alemana uno toma la calle Maturana o desde Peñablanca se va por Bernardo Leighton. Ambas calles de juntan antes de llegar al Tranque Recreo, en la intersección del camino Lo Orozco con la ruta F-560.

Desde el cruce hay que avanzar cerca de 9km en dirección a la ruta 68, para encontrarse con el desvío hacia Los Quillayes. En este sector hay casas bacanes. Antiguas, de adobe y otras que parecen palacios del principio del siglo pasado. Casas de campo. El camino hacia la cuesta, por la ruta F-760, es un constante subir y bajar. Nos son bajadas ni subidas muy pronunciadas ni extensas, pero si pueden jugarle en contra a alguien con no tanta experiencia. La ruta es asfaltada y hay hartos árboles, lo que se agradece en días calurosos como el que me tocó a mí.

Adentrándose 9km por la F-760 uno se encuentra con el Embalse Carrizo y también con el fin del pavimento. Justo en ese punto comienza la cuesta. Ésta tiene una extensión cercana a los 6km y una diferencia de altitud de 400m.  

A mitad de camino subiendo la cuesta Colliguay.
Yo hice el ascenso justo donde empieza el sector que denominan "la M", por la forma que tienen las curvas en ese sector, alcanzando los 625m s.n.m. Lo necesario para tener una linda vista del valle donde nace el famoso Estero Marga Marga (CONAF).


Al fondo, el sector de "la M".

Inicio del sector de "la M" y parada final de mi ascenso. En el valle se puede ver el Embalse Carrizo.
Siempre hay que tomar la consideración de bajar con cuidado en ripio. Pucha que hacía falta un par de alforjas para tener un poco de peso en la cola de la bicicleta. La brisa que sale en la tarde refrescó la bajada y también mi cuerpo insolado.

De vuelta a Villa Alemana pasé a comerme una empanada frita de mariscos, que no estaba tan buena, y en casa me comí mi merecido chacarero con la cerveza respectiva.






domingo, 2 de octubre de 2016

Un poco de pedaleo por la Región de Valparaíso

He aprovechado esta estadía en las cercanías de Villa Alemana para retomar, en parte, las andanzas junto a mi querida Colorina. La nubosidad y el frío de las mañanas no ayudaban mucho a desperezarse y despegar el cuerpo de las sábanas, pero igual lo logré. Las ganas de conocer un poco más la zona eran mayores.

26 de septiembre: Viña del Mar

Los días nublados son un arma de doble filo: el frío hace lo imposible para evitar que uno deje la comodidad del hogar, a su vez, es un agrado darle vuelta a los pedales sin calor. Recordé que hace tiempo que no veía el mar, por lo que el destino más cercano para apreciar su azul inmensidad era Viña del Mar. Decidí tomar la calle Valparaíso -la calle de las micros- y emprender la aventura. Mala idea, considerando que los micreros manejan como malos de la cabeza, a más de la velocidad permitida y sin consideración con los escasos ciclistas que se ven por la vía. La parte más terrible de la ida, fue la bajada que da a 1 Norte, por el Camino Troncal. 

Viña me recibía con una nubosidad total. Un breve descanso en la Avenida Perú y emprendí el retorno a casa. 56km y un desnivel positivo de 782m fueron parte de esta ruta.

Estero Marga Marga, Viña del Mar.

27 de septiembre: Embalse Lliu Lliu


Explorando en Google Maps lugares para pedalear, di con este embalse. Se ubica en las cercanías de Limache, 8km al interior, por la calle Angamos. El paisaje es bonito y el camino entretenido. Muchos colores, aves y flores. Al embalse no pude entrar, porque no había nadie en las casas cercanas y los carteles que habían al interior del recinto no eran muy amistosos con los visitantes. En el sector hay una estación pluviométrica y, además, la gente se dedica a la pesca deportiva en el embalse.

Camino a destino uno pasa por el monasterio San Benito de Lliu Lliu. El recorrido fue de  38km y un desnivel de 433m.

De vuelta del embalse Lliu Lliu, en el sector del monasterio.
Monasterio San Benito.
Embalse Lliu Lliu a la distancia.

29 de septiembre: San Pedro - Quillota

Quería recordar los buenos tiempos que pasé en varias vacaciones cuando el milenio pasado nos dejaba atrás. esos años de las alertas informáticas por el cambio de folio y otras cosas que no recuerdo muy bien. Me dirigí a Quillota, pero quería aprovechar de conocer un poco más la zona, así que tomé el camino por San Pedro. La ruta F-62 fue mi compañera hasta el cruce con San Pedro. Desde la intersección, 1km hacia el Este por la ruta F-382 se encuentra San Pedro. El olor a paltas y chirimoyas invadía la zona. Pasando el poblado esto cambiaba, y las acequias del sector olían a animales muertos y quizás a abono. Aquí uno toma la ruta F-326 hasta llegar a una zona militar, llamada San Isidro. Decidí no seguir a Pochocay y me interné por a ruta F-350 hacia Quillota. Cruzando el camino Internacional ya estaba en la ciudad. Estaba bastante cambiada desde la última vez que la visité, pero los alrededores de la Plaza de Armas, seguían más o menos igual. El tronco tallado seguía estoico, pero se notaba el paso de los años. Un par de vueltas por las calles Prat, Merced, La Concepción y Ramón Freire. Recordé el estadio, que no conocía y me aventuré a ir, pensando en que tendría que pedir algún permiso para ingresar al recinto en donde mi equipo había perdido por dos tantos el fin de semana recién pasado. Para mi suerte, había una actividad de jardines infantiles, por lo que pude ingresar sin problemas. La vuelta la realicé por la calle Valparaíso, para luego tomar la ruta F-62.

En total fueron 52km y un desnivel de 498m.

San Pedro.
Plaza de Armas de Quillota.

30 de septiembre: El Retiro - Viña del Mar

Decidí ir a conocer la casa donde vivió el más grande: Roberto Bolaño, ubicada en el Retiro. Una placa de reconocimiento por los diez años de su muerte adorna una de las murallas exteriores de la vivienda. Esta vez decidí irme por calles interiores de Villa Alemana, El Belloto y Quilpué para evadir a los malditos micreros. Pasado la sede de la UTFSM tomé el camino El Olivar, que pasa por un costado del Jardín Botánico Nacional y llega a la calle Limache. Dejando atrás esta calle y tomando Viana, llegué a la Caleta Abarca donde descansé y contemplé un rato la inmensidad del mar. La vuelta fue por el mismo camino de la ida.

En total fueron 67km y 880m de desnivel positivo.

Caleta Abarca.

Placa conmemorativa de la muerte del más grande.

Espero seguir pedaleando y seguir conociendo más lugares de la zona durante los siguientes días.






domingo, 25 de septiembre de 2016

Brisas y sueños

Un leve brisa lo despertó. Pequeñas pulsaciones de viento que entraban por la ventana y le acariciaban sus pies descalzos. Bocanadas de aire que coqueteaban con sus ortrejos y pelos de las piernas. Esto último le daba la sensación de tener un insecto merodeándolo, acosándolo. Violando parte de su intimidad. Se sentía intranquilo en sueños. Hasta que decidió que no podía seguir pasando eso. Con la brisa despertó. Con ello notó que no había tal bicho. Que las suaves y delicadas corrientes de aire mecían sus pelos, como si su misión fuera acurrucar aun bebé. Pero lo que el viento no sabía, era que se generaba una reacción en cadena. Un vello, enganchado a otro, provocaban el movimiento no sólo del primero, sino que del segundo también. Si el segundo estaba enganchado al otro, esto crecía y se volvía algo insoportable.

Hacía calor afuera. Pero como él estaba adentro no lo sentía. Sólo la brisa. Él, la brisa y los bichos imaginarios. Los pequeños seres que tanta gente aborrece. Que aplastan sin misericordia. Crac. Crac. Crac. Y su caparazón (¿así se llama?) se rompía en dos o más trozos. Los pelos del insecto imaginario también se veían. Se movían con las ondas que se generan al tener masas de aire frías y calientes. Convección. Y así el fluido gaseoso seguía su danza. El coqueteo entre ambas partes. Como un baile de apareamiento, que da resultado. Y ese resultado es el viento.

Se moja la cara. Quiere terminar de despertar. Siente su cuerpo caliente. Húmedo. Pero ya no quiere esa sensación. Igual rico estar sudado y que una brisa enfríe el sudor y te baje la temperatura corporal. Quiere dejar de sentir ese ser que lo atormenta. Que lo obliga a pensar que tiene algo ajeno a él. Un parásito. Como una rémora y una mantarraya. La pareja perfecta. Solo que en este caso uno de los dos se siente incómodo. Y no es el bicho.

No es el bicho, porque no existe. Está en su imaginación. Quiere dejar de sentir. Dejar de imaginar. ¿Es posible abstraerse a tal nivel? No lo sé. Creo que él tampoco lo sabe ni llegará a saberlo. Se hace tarde y la brisa cesa. Se acaba, ç'est fini o algo así. El sueño lo domina. Lo atonta. Lo adormece. Lo doma como a un caballo y lo hace caer rendido a sus pies. Comienza el sueño y una nueva perturbación. Una brisa muy pequeña. Ínfima. Como la que produce el aleteo de una mosca.

lunes, 22 de agosto de 2016

Remolinos

Y de la nada aparecían. Cuando el viento por algún motivo que desconozco removía el sedimento desértico. Lo elevaba y la magia ocurría. Se formaba el remolino. Lo veíamos a la distancia. En su auge y en su caída. Queríamos ser parte de él. Tratar de entenderlo. De fundirnos con él y dejarnos llevar por la ventolera. Ser granos acarreados por alguna de las fuerzas de la tierra. Sentir que somos livianos y que podemos movernos por donde se nos plazca. O por donde nos lleven las corrientes. Es por eso que corríamos hacia ellos, en una eterna danza, con el temor de desaparecer, de no volver más a nuestro hogar. Con el miedo de que nuestros anhelos se volvieran realidad y pasáramos a ser un grano más dentro del polvo que mueve el viento. Dust in wind. Y suenan los violines. Y suena el silencio del desierto. Y también el chocar del sedimento contra el lecho rocoso. Y si prestáramos más atención, de los granos de arena enfrentándose contra la ínfima pared de agua del Loa. Esa que tantos recuerdos me trae. De los olores de las plantas que crecen en un lecho. Olor a casa. Un lugar que me es lejano en estos momentos. Qué ganas de que llegara uno de estos tornados de arena a mi pieza y me transportara al norte, a mi tierra que tanto extraño.

jueves, 18 de agosto de 2016

Algunos alcances sobre la guerra

Corrían los años de la segunda gran guerra de los últimos tiempos, o al menos así es como la pintan en los libros del colegio. Mejor digamos que esta historia se desarrolla a fines de la década del '30. Del siglo pasado, claramente. El lugar: Valparaíso. Mencionaba lo de la guerra porque es relevante hasta cierto punto. 

Si nos adentramos en la geografía de Valparaíso, o Valpo, como les gusta decir a algunas personas, veremos una gran cantidad de cerros que se funden, y quieres estar lo mas juntos que puedan al mar. Por esto es que tenemos la vista privilegiada del puerto y de la bahía en toda su extensión.

No sé cómo se habrá visto el puerto durante esos años. Imagino que llegaban los vapores con productos como plátanos, nueces y quizá qué otra mercadería. Las noticias viajaban lento. Había que ir al plan a escucharlas en alguna de las radios de los locales de comida, o leerlas en pizarras puestas en ciertos lugares.

Las personas que tenían radio lo podían hacer desde la comodidad de su hogar. Y aquí aparece la pequeña Anne. Una niña rubia, de ojos celestes, un color tan profundo, un color que me transmite calma y a la vez intriga. Qué cantidad de emociones se pueden encontrar en la mirada de una persona.

En el cerro Alegre jugaba con sus vecinas. Ambas iban a sus casas, pasaban la tarde juntas, tomaban once juntas, y así. Una típica amistad de niños. Pero comenzó la guerra. Anne era hija de inmigrantes ingleses, que llegaron a Chile a comienzos del siglo pasado en busca de mejores oportunidades. Sus vecinas eran hijas de alemanes.

Este hecho gatilló que los padres de las niñas les prohibieran juntarse. No más amistad con los vecinos. Era como una traición a sus países el que sus niñas se juntaran con las hijas del enemigo. ¡Como si ellas tuviesen la culpa!

Los meses pasaban y la guerra no terminaba. Por tanto las vecinas no podían jugar tampoco. Llegaban las noticias al barrio. Noticias de la guerra. Antes de que cualquier persona en el barrio pudiera comentarla, los padres de estas niñas corrían a sus casas lo más rápido que sus cuerpos lo permitían. Abrían sus cajones respectivos. tomaban la bandera de su madre patria y partían al patio hasta el asta para izarla. Todo como una competencia. Por demostrar la superioridad de uno contra el otro. Y mientras esto sucedía, se miraban. Sus miradas se cruzaban. La sonrisa brotaba en sus bocas cuando alguno estaba a punto de ganar.

De esa forma vivían la guerra algunos inmigrantes. Como un juego infantil. Juego que prohibieron a sus hijas, pero que hicieron parte de ello en modo de una competencia.

No sé cómo habrá terminado la historia de amistad entre Anne y la niña alemana. Tendré que preguntárselo a mi abuela la próxima vez que la vea.

viernes, 10 de junio de 2016

Clic

Y ahí me encontraba yo. Solo. Sin saber qué hacer. Quizás sí sabía, o no. Eso tampoco lo sé. En una situación completamente extraña para mí. Me molestaban sus risas, sus comentarios. Comentarios plagados de sandeces. De degeneración y de insultos. De machismo y una sarta de leseras más. Se sentían dueños de todo. Se refocilaban del acto que acababan de cometer.

Nunca más, pensaba. Nunca más. ¿Qué hacer en una situación de denostación? En que ves cómo pasan a llevar a una persona injustamente. ¡Sólo por ser mujer! Me vi inmerso en ese ambiente y no sabía cómo actuar. Si ponerme la máscara de la indiferencia o sumarme a sus insultos de grueso calibre.

En ese entonces no se me pasaba por la cabeza otra opción. Pero algo hizo clic. Fue el vaso que cayó desde la barra al piso, dejando un posa de pisco con Coca-Cola en el viejo parquet. Lógicamente nadie se molesto en limpiarlo. Y me vi envuelto en otra disyuntiva al empezar a escuchar los murmullos. Ese suave sonsonete de voces inentendibles. Bueno, salvo algunas palabras que lograba distinguir entre los molestos susurros. Se notaba en el ambiente que pronto la llamarían. Que la volverían a insultar. A retar como a un niño chico. Caerían nuevamente en un feroz ataque sicológico.

Clic. Mi cabeza hizo clic. Todo tuvo sentido. Sentí que la situación no se podía volver a repetir. Me arme de valor y los enfrenté.

lunes, 30 de mayo de 2016

Cambio de casa

A veces trato de recordar cómo fue mi primer cambio de casa. Era tan chico que es casi imposible hacerlo. También la segunda o la tercera, pero tampoco afloran los recuerdos. Los posteriores no importan. ¿Qué se sentirá vivir toda la vida en la misma casa? Bueno, no toda la vida, pero al menos los años en que vives en la casa de tus padres, o cualquiera sea la persona que te cría. Tener todo siempre donde mismo, los objetos y pertenencias preciadas ancladas a los muebles, y estos anclado al piso o a las murallas, como si de una sola estructura todo se tratara. Una sola pieza, continua, sin saltos. Todo calculado, en completa sincronía. Si una de esas piezas faltara, se vería extraño. Cambiaría la rutina.

Mañana me cambio por séptima vez de casa. Cada vez embalo menos cosas, porque en cada mudanza me he ido deshaciendo de pertenencias. Cosas que creí que serían interesantes en algún momento, pero pensándolo en frío, no servían para nada. Tengo poco apego a las cosas materiales. Quizás mis discos y mis libros podrían salir de esa categoría. Bueno, y ciertos objetos entregados por seres queridos.

Al comienzo es un tormento, acomodar las cosas de la mejor manera para que todo parezca ordenado, o al menos ese orden cotidiano de los objetos dentro de una pieza. Tratar de semejar el espacio al lugar anterior. Hacer calzar las maderas, los metales y los papeles, para que el engranaje natural de la pieza tome su fluidez. Vuelva a lo cotidiano. No se estanque en la acumulación de polvo sobre las cajas sin abrir.

Cuando parece que ya estás un punto estable, te das cuenta que no lo es. Que los entes inanimados que configuran tu espacio, se encontraban en un equilibrio metaestable. Y vuelta al cambio. Ya sea de configuración de objetos dentro del espacio. Ya sea cambio de los objetos con traslaciones y rotaciones en grandes distancias. Pongámosle el nombre de cambio de casa.

Y así han transcurrido siete mudanzas. Quizás en las primeras jugaba en las cajas a que eran castillos, como veo que hace mi sobrina ahora. Como si los recuerdos de fósiles se trataran. Usar el actualismo para tratar de recrear esos trozos de memoria y hacerlos calzar con el juego de una retoña el día de hoy.

Siento, a veces, que debería echar raíces en un lugar.

domingo, 8 de mayo de 2016

Clandestino

Las cosas no iban bien el último tiempo. El trabajo ya no daba los dividendos de los años dorados. Le echaba la culpa a la ropa china. Al consumismo extremo en el que vivimos por culpa del neoliberalismo. Causas y efectos, pensaba. Recordaba los tiempos mozos, en que tenía que pasar horas junto a la Singer haciendo bastas, cambiando cierres, poniendo parches ovalados en los codos de las tweeds de los abuelos, en los polerones de los niños y también en los jeans. Antes la gente cuidaba más las cosas. También eran de mejor calidad. No importaba cambiar las cosas todos los años. Las compras se hacían pensando en mucho tiempo de uso. No para desechar de un día para otro.

El negocio no iba bien. Si el día estaba bueno cambiaba dos cierres y hacía una basta. Con eso no alcanzaba ni a comprar pan para el desayuno del día siguiente. Para qué vamos a hablar de pagar cuentas.

Fue conversando con Joaquín Matta, alias el cara de tinto, el borracho del barrio, que surgió la idea. 

El cara de tinto era un cuico borracho. Bueno, había sido cuico. Ahora no. Dejó su casa y se botó al litro. Se lo puede ver paseando en las cercanías de la Punta de Diamante. Siempre va acompañado de un perro, el Negro, y a veces se le suman otros compañeros cuadrúpedos que andan de paso por el barrio, preocupados de pescar alguna sobra de las carnicerías del sector.

A pesar de ser un barrio comercial, no hay botillerías. O al menos no habían hasta hace un par de años atrás. Fue ahí que surgió la idea del cara de tinto. La sastrería serviría como fachada para el negocio. El vino lo conseguiría con un amigo que vive en las cercanías de San Javier. Lo aumentaría con un poco de agua y lo vendería a granel. Llevar la botella a llenar, pagar y tomar el vino aguado para saciar las necesidades etílicas.

El clandestino funcionaba bien. Le ayudaba a parar la olla. El cara de tinto era uno de los beneficiados, pues como había sido el gestor de la idea, se llevaba de comisión el diez por ciento de las ventas, lo que le servía para comprar pan, y, además, comprarle un poco de vino al sastre.

El rumor se corrió entre los borrachos de las cercanías. Se veían colas largas que se confundían con la de las personas que iban a buscar parafina a la bomba que estaba al lado. Una fila de personas con bidones con olor a kerosene y otra fila de personas con botellas de todas las formas y tamaños posibles. Una mezcla entre vinagre y el líquido azul. Azul y morado.

Los pacos no tardaron en notarlo. La sastrería fue desmantelada. El vino fue tirado al alcantarillado, llenando de regocijo a las ratas de las cloacas, que sin saber lo que era el alcohol, cayeron en su trance de infinito placer. Los buenos para remojar el guargüero fueron los más perjudicados, porque a pesar de que el vino era aguachento, tenía un buen sabor. Y también era barato en relación a un cartón. El barrio se vació de los borrachos, pero aún de puede ver al cara de tinto rondando las calles junto al Negro y una petaca en la mano.

domingo, 10 de abril de 2016

Era verde

Era verde. Llegó junto con otras de diferentes colores. Azul, roja, amarilla, podría nombrar más, pero para qué. Cada una con una cinta de regalo del mismo color que estaba pintada. Eran de diferentes tamaños. Por cada primo había una bicicleta de regalo. Fue una navidad a mediado de los noventa. Al parecer a mi abuelo le había ido bien durante el año y decidió regalarnos una bicicleta. 

Era verde. Aro 16. Todavía la recuerdo bien. Los detalles del manubrio y la tee, cromados. Los puños, verdes. Los pedales, negros. Las llantas y rayos, brillantes, relucientes como una luna plateada. Los neumáticos, negros, y las ruedas de apoyo, también. Tenía unas espumas para que los golpes dolieran menos. En el manubrio y en el marco. Eran de color verde, y en letras amarillas tenían escrito "BMX".

Era verde. Ahora hablo del pasto. En la casa había ante jardín. Y tenía pasto. Ahí jugaba a la pelota. Y también aprendí a andar en bicicleta. En piques de no más de diez metros. Todo con ruedas de apoyo. Un día, con ayuda de mi abuelo, decidimos sacar una rueda de apoyo. Y así pasó un poco el tiempo, hasta que me aburrí. Quería aprender de verdad a andar en bicicleta. Eso significaba sacar el último vestigio de una bicicleta de niño.

Era verde. Ese día que volví del kinder andaba con una polera verde. Estaba con mi abuela. Y mamá estaba en el colegio. Quería sorprender a mamá. Mostrarle que sabía andar en bicicleta cuando llegara de la pega. 

Era roja. La sangre que salió de mi codo. Entre el pasto, había unos pastelones. En el primer intento de andar sin ruedas fui a dar a uno de esos trozos de cemento incrustados en la tierra. Un poco de agua oxigenada y a seguir intentándolo. Mi abuela sujetaba el asiento de la bici y me hacía pedalear mientras ella avanzaba a mi ritmo. Una y otra vez. Una y otra vez.

Era verde. Vuelvo a hablar del pasto. Al caer por segunda vez, quedé en el pasto. Era agradable la sensación. Sentir su olor. Eliminar la frustración de no poder pedalear solo, sintiendo el pasto en mi cara. Tomar la bicicleta y volver a intentarlo.

Era verde. El techo hecho de planchas onduladas de fibra de vidrio que cubrían el techo del estacionamiento. También las hojas de las plantas al costado de la reja. No sé cuántos intentos fueron antes de llegar al objetivo. A eso que anhelaba tanto. Por lo que llegaba a desvelarme en la noches. El máximo logro que podría alcanzar a esa edad. Aparte de leer.

Era verde. La reja del vecino era verde. La bicicleta seguía siendo verde, pero los golpes hacían que su color fuese dejando al descubierto su verdadero color. Ese día viví el momento. No recuerdo a qué intento lo logré. Sólo sé que pedaleando miré hacia atrás y vi que mi abuela no iba junto a mí. Nerviosismo. A piso nuevamente.

Era verde. El envase del chicle dos en uno que me regaló mi vecina por la reja. Era buena amiga de mi abuela. Jugaban a la canasta. Y siempre me daba golosinas. Me subí por última vez con ayuda a la bicicleta. Ya no necesitaba que nadie me sujetara. El momento había llegado. 

martes, 29 de diciembre de 2015

A Villa Alemana en bicicleta y ruteo por Lo Orozco

Dejé de trabajar en vísperas de navidad, por lo que el tiempo ahora abunda. Qué bueno poder retomar cosas que no tenía tan botadas, pero que me hacían falta.

Aprovechando que tuve que venir a la quinta región, pesqué mi bicicleta sin pensarlo dos veces (quizás si lo pensé un poco) y me vine. En mayo de este año había tratado de hacer este mismo recorrido, y todo salió mal. Se cortó la cadena y quedé tirado en plena cuesta La Dormida.

Esta vez venía mucho mejor preparado, tanto físicamente como de accesorios o herramientas para enfrentar dificultades menores. Partí temprano. El calor de estos días ha sido asqueroso. El día del pedaleo no fue la excepción. A eso de las 10 de la mañana me encontraba subiendo la cuesta La Dormida. Me lo tomé con mucha calma. Venía con alforjas y el calor me empezaba a achicharrar. Llegado a la cumbre sólo paré a tomar un foto de rigor. Quería llegar rápido a destino y sabía que faltaba mucho.

La bajada de la cuesta hacia el lado de Limache es maravillosa. Tiene muy buena vistas hacia el valle y además se alcanza gran velocidad. Sin duda un gran descanso en la travesía. Llegando abajo uno se encuentra con Quebrada Alvarado. La primera localidad bajando la cuesta. Aproveché de tomarme una bebida y comer una empanada para reponer energías y seguir.

Cumbre de la cuesta La Dormida. Llegando a la Región de Valparaíso.

Cuesta La Dormida hacia Limache.

Quebrada Alvarado, primera localidad bajando La Dormida.
El tramo entre Quebrada Alvarado y Limache era más largo de lo que recordaba. Y todavía faltaba llegar desde Limache a Lo Hidalgo (no es una gran distancia, pero ya se empezaba a sentir el cansancio).

En total fueron 118 km desde Santiago a Lo Hidalgo. Pasé por Lampa, Til Til, Quebrada Alvarado y Limache. Demoré algo así como siete horas, seis horas de pedaleo efectivo.

Ruta y altimetría del pedaleo desde Santiago a Lo Hidalgo.

Lo que me motivaba a venirme en bicicleta, era que hace tiempo tenía el bichito de pedalear por el camino Lo Orozco. Lo había transitado en bus y se veía interesante para salir a rutear.

Hoy en la mañana me decidí y partí para allá. Es duro en algunas partes, sobre todo cuando hay que subir la cuesta. Transitan muchos camiones así que hay que ir atento al camino. La berma es suficientemente ancha para que transite una bicicleta y no pasen los autos pegados a uno. Bajando la cuesta hacia la ruta 68 la berma desaparece casi por completo y comienza la zona de curvas. La parte más peligrosa del camino diría yo. Pero si se transita con precaución no deberían haber problemas.

Ruta Lo Orozco

Ruta Lo Orozco, cerca de un tranque.
Este ruteo fue de 60 km. Interesante debido a la cantidad de subidas y bajadas que se alternan durante el camino. Me topé con un par de ciclistas que estaban en la misma. Curioso para haber sido un martes en la mañana.



La comida es tema aparte. Bueno, no tanto. Después de cada salida hay que comer bien. Antes de partir también. Con el tiempo que he tenido he podido volver a cocinar todos los días. Han sido unos buenos días sin duda.

P.D. Se viene un video de una parte de la travesía. Pesa mucho, así que está tardando más de lo que creí en subirse a YouTube.

martes, 8 de diciembre de 2015

Ruteo a Viña del Mar

Aprovechando el corte de la ruta 68 por la peregrinación a Lo Vásquez, con Nicolás decidimos realizar una salida a pedalear. El ajetreo de la semana hacía que el punto de llegada fuese incierto: llegar a Curacaví y volver, llegar a Lo Vásquez y volver o simplemente llegar a Viña y pasar la noche allá. En la medida que avanzábamos decimos y optamos por la última opción.

Partimos de Santiago a las 6.30 de la tarde. La ruta 68 se portaba bien, hasta pasado la altura de la laguna Carén. Después de este punto el viento empezó a jugar en contra. Lo bueno es que este viento está presente hasta el túnel Lo Prado.

El paso del túnel se siente pesado porque cuesta respirar. pero es bastante entretenido. Lo mejor es ver la luz al final del túnel (lol) y saber que se viene la extensa bajada. 6,4 km de pura bajada con un desnivel de 307 m. 

Puesta de sol desde la bajada del túnel Lo Prado. La única foto que tomé del recorrido.
En Curacaví se empezó a notar la cantidad de personas que estaban haciendo el viaje. Paramos a tomar once, fumar un cigarro y seguimos. Se venía la subida de antes del túnel Zapata. La subida tiene un largo de 5,5 km y un desnivel de 200 m. Cruzando el túnel ya estaba bastante oscuro y la noche ofrecía un cielo bastante despejado. Al no haber luz se podían observar muchas estrellas. Por supuesto, muchas más que desde Santiago. A medida que nos acercábamos a Casablanca ese escenario cambió. 

Casablanca fue la segunda y última parada. No entramos a la ciudad, pero paramos en un puesto improvisado a tomar un té y fumar otro cigarro. 

Tirón de orejas para las persona y ciclistas que iban sin luces ni reflectantes. Cómo tanta imprudencia, incluso con una luz buena no se alcazaban a distinguir y aparecían de imprevisto. Con razón siempre hay accidentes.

Lo Vásquez es tema aparte y no vale la pena mencionarlo. Pasado este punto decidimos seguir hasta Viña del Mar. Comenzó una zona con varias subidas. No tan largas, pero desgastadoras. A la altura del lago Peñuelas el frío comenzó a hacerse presente de verdad. Pasado el lago se acabó la batería de mi celular, y por tanto no pude grabar la ruta de todo el recorrido. En este punto el cuentakilómetros marcaba 102 km.

El desvío a Viña fue solitario. Había muy poca gente caminando y no pasaban autos. El último esfuerzo antes de llegar. Entramos a Viña del Mar por la bajada Agua Santa. Qué maravillosa vista del puerto y del mar. Me hubiese parado a contemplarla con detención, pero el tiempo apremiaba ya.

120 km de distancia y 1287 m de desnivel positivo. El tiempo de pedaleo efectivo estuvo en torno a las 6:07 horas. Buena ruta. Más agotadora de lo pensada.

Una pizza fue nuestra recompensa al llegar. Gracias a la Caro por recibirnos en su casa.

Ruta y altimetría del camino de Santiago a Viña del Mar. En total 120 km de distancia y 1287 m de desnivel positivo.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Senderismo en el Manquehue

La salida estaba organizada para la semana pasada, pero por un par de inconvenientes la realizamos el día de ayer. El extraño y cambiante de clima de estos meses primaverales hacía presagiar que la vista de Santiago, o mejor dicho, de Vitacura, estaría obstruida por la nubes. Y así fue.

El día amaneció nublado, lo que era bueno para subir el cerro. Pero, como mencioné anteriormente, esta especie de clima bipolar nos sorprendió y se despejó justo antes de empezar la subida al cerro. Es un poco engorroso llegar hasta el portón de acceso del cerro si es que uno no conoce Lo Barnechea (¡puta que está lejos!). En Escuela Militar se toma la micro C14 que es la que nos acerca. Digamos, mejor, que nos evita subir el Cerro Alvarado para poder llegar a la falda del Cerro Manquehue. 

Hay que bajarse de la micro pasado el colegio Santiago College. En la esquina de Los Trapenses con El Golf de Manquehue. Es por esta última calle que se llega al cerro. Luego de caminar cerca de veinte minutos por un barrio bastante ajeno, bueno, no se le puede llamar barrio. No hay almacenes, quioscos, no se ve gente caminando por la calle, salvo algunos deportistas que se animan a trotar la mañana de un sábado. No pasan micros, ni taxis. Acá uno se da cuenta de por qué hay tantos autos en Santiago.  Mucho cartel anti aborto y cosas que no me parecían.

Pasado este tramo llegamos a la entrada. Hay un portón que tiene carteles que dicen prohibido el acceso y otras cosas, pero hay una "puerta" hechiza por la que uno puede ingresar. Y la verdad es que entre mucha gente. 

Se parte caminando por un camino asfaltado y luego comienza el sendero. Con Nicolás partimos caminando bastante rápido, y nos pasó la cuenta ya que no sabíamos que era tan empinado. El sol nos quemaba y el sudor empezaba a ser parte de nuestros cuerpos. Había sol, pero también había bruma, por lo que la vista hacia Lo Barnechea, que es lo que uno ve mientras va subiendo, estaba tapada.

Mucha vegetación y mucho insecto pequeño. Pájaros de variadas especies. Me gustaría saber un poco de botánica y de ornitología para poder diferenciar a la especies. Las especies que logré diferenciar son espinos, litres, añañucas. Según lo que leí también hay quillay, peumo, maitén, plantas características del bosque esclerófilo.

Vegetación en zona cercana a la cumbre.

Añañucas, se ven bastantes en esta época del año.
Chagual en flor.

En un momento se pasa bajo una torre de alta tensión. Y luego comienza una subida dura. Se notaba que no subía cerros hace tiempo. Pero el cuerpo aguanta y también tiene memoria. Por lo que no se convirtió en algo difícil.

El sendero después se torna más amigable hasta llegar a la parte rocosa. Que es el último tramo. Particularmente, me gusta subir entre rocas, pero es más cansador, debido a que hay que dar paso más grandes. Pasada esta última parte se llega a la cima del Cerro Manquehue.

Nicolás en la cima del Manquehue.

La parte más alta está en torno a los 1640 m s.n.m. Lo que llama la atención al estar arriba es el ruido que genera Santiago. Imaginen a un avión despegando que pasa por sobre uno. Es algo similar. Solo que se mantiene durante todo el tiempo.  Al rato uno se olvida y vuelve a escuchar a las aves que habitan el lugar.
Con esta vista nos despide el cerro.

El descenso es tranquilo, pero hay que tener precaución en la partes en que la roca está más meteorizada porque hay riesgo de caídas debido al maicillo que se genera. Para no caminar hasta los Trapenses, tomamos una micro que se dirigía a Cantagallo en Camino Real. Se demora bastante en pasar, pero no importaba. 

Luego de casi dos horas en micro (¡un día sábado!) estábamos en casa tomando una cerveza.


P.D: ¡qué chucha que no me dejó justificar el texto!

lunes, 2 de noviembre de 2015

Lanzamiento de disco

Cincuenta metros con setenta y dos centímetros. Míseros cincuenta metros con setenta y dos centímetros. Sin duda la edad le pesaba. Atrás quedaban esos días de gloria en que rozaba la perfección. En que estaba a menos de una cuarta del récord américano del mejor lanzador de disco de su época. Allá por la década de los setenta, cuando, Danek, el checo, alcanzaba la marca de sesenta y cuatro punto cuatro metros y le daba a su país el oro olímpico en Münich.

De eso quedaba poco. Ni el disco de su época dorada ya tenía. Lo había cambiado por uno más nuevo. Quería saber si las nuevas tecnologías afectaban en algo el lanzamiento. El óxido corroía sus articulaciones. Las hacía crujir, como un latón doblándose en un temporal.

El entrenamiento lo empezó con trotes. Una vuelta a la manzana. Tomó sus viejas zapatillas Nike, una bermuda, la camiseta del equipo de sus amores y un cortavientos. Cinco minutos. Eso tardó. Después de un breve descanso, dio una segunda vuelta. Bajó su tiempo en diez segundos. Pensaba que no estaba tan mal después de todo. Un poco de aceite a los pistones y podría volver a las pistas.

Los paseos dominicales de Ilich, su perro, los empezó a realizar trotando. La vuelta a la manzana ya había aumentado al perímetro del Estadio Nacional. Se sentía mejor, pero no del todo, porque aún no volvía a lanzar. Sabía que sería un largo proceso el volver a realizar su pasión de juventud, mas aún con su edad. Pero lo tenía entre ceja y ceja y nada lo iba a detener.

Su señora ya no estaba con él. Había fallecido el año anterior. Un resfrío mal cuidado. Supongo que esa fue una de las razones que gatilló que volviera a entrenar. La soledad. En vez de hundirse en un hoyo, decidió desahogarse con el deporte.

Llegó el día de realizar su primer lanzamiento en más de treinta años. En el campo de entrenamiento del coliseo de Ñuñoa, a un costado de Marathon. El pasto estaba largo, se notaba que no iba gente a entrenar ahí. La única zona sin pasto era una huella por la que pasaban las personas que iban a trotar al lugar. Se paró en el círculo de arena. Tomó posición, dio la vuelta y media y el disco salió por los aires.

Sentía la tensión del momento, se le hizo eterno el vuelo. Podía notar cada pulsación y cómo la sangre avanzaba rauda por sus venas con cada latido del corazón. Hasta que cayó al suelo. Tomó una bocanada de aire y partió hacia el disco.

Cincuenta metros con setenta y dos centímetros.

El entrenamiento seguía día por medio. Los miércoles Ilich le hacía compañía. Lo acompañaba a buscar el disco y lo esperaba con paciencia cuando lanzaba.

La circunferencia de dos y medio metros de diámetro se mantenía como todos los días sólo con sus huellas. Se sentía el frío incipiente del invierno. Y la falta de luz también. Luego de calentar, tomó posición. Estaba decidido a romper su marca personal. El ritual previo al lanzamiento lo hizo paso a paso, tomando todas las precauciones del caso. Estaba tan enfocado en su ritual previo al lanzamiento que olvidó mirar el campo. El disco voló, tomó una parábola casi perfecta y se estrelló.

No lo podía creer. Mientras miraba el objeto volando y siguiendo su camino, vio que este, al aterrizar chocaba en la cabeza de un atleta que entrenaba por los senderos de tierra entre el pasto. Inmediatamente fue a piso. La sangre corría. El último respiro escapaba de los pulmones del corredor. La muerte había llegado para él. 

Corrió hacia él, Asustado, Temblaba, No sabía qué hacer. Fue cuando se agachó para verlo que notó algo. Había roto su marca personal. Incluso había superado los sesenta y cuatro y pico metros del checo. Agarró el disco y salió corriendo mientras que una leve sonrisa se iba formando en su arrugado rostro.

sábado, 10 de octubre de 2015

Cuesta Barriga

Hoy, junto con mi buen amigo Manuel, decidimos ir a pedalear a la Cuesta Barriga. Ninguno de los dos la había subido, así que aprovechamos la instancia de un fin de semana sin muchas obligaciones y partimos. Nos juntamos en su casa, en Maipú, y nos pusimos en ruta.

Tomamos una ruta que yo más o menos conocía, debido a ruteos que había relizado a Melipilla y otras localidades cercanas. Camino a Melipilla fue el elegido. Como partimos tarde, el tráfico se notaba, y como siempre, las micros interurbanas van haciendo de las suyas manejando agresivamente. 

Hay que tomar Camino a Melipilla hasta llegar a Padre Hurtado. En este lugar está bien indicado hacia dónde se encuentra la cuesta así que es muy difícil perderse. 

La ruta que lleva hacia la cuesta es la G-68 y en Padre Hurtado se llama José Luis Caro. Supongo que al igual que la ruta G-78, que era el antigua camino para ir hasta San Antonio, esta fue el antiguo camino para llegar a Valparaíso (tengo que averiguar bien).

Cruzando la Autopista del Sol, nos adentramos a una zona más rural. El verde empieza a abundar y las mariposas comenzaron a aparecer de manera estrepitosa. Creo que nunca había visto tantas. Una de las vistas más lindas del camino sin duda fue el cruce del Mapocho, en el puente Esperanza. No paré para retratarlo, porque pensaba hacerlo a la vuelta.

Cruzar el Mapocho da una sensación extraña, tanto dentro como fuera de Santiago. No me pregunten el porqué, pero creo que plasmé algo de esa idea en una entrada anterior. Desde el puente Esperanza hasta el cruce con Las Violetas son casi 4,5k. Y es aquí donde empieza la Cuesta Barriga. 

La Cuesta Barriga tiene 6k de longitud, con varias curvas entretenidas y una pendiente promedio de 5%. Me la tomé con calma, porque como era la primera vez, había que analizarla bien. Me tomó un tiempo de 26:24 en llegar a la cima. El día soleado y primaveral nos favoreció y nos entregó una linda vista hacia el valle a medida que íbamos subiendo.

En la cima de la cuesta se encuentra el límite de la Provincia de Talagante y la de Melipilla. Acá descansamos un rato, ayudé a un tipo que se le había cortado la cadena y volvimos a Santiago. Me hubiese gustado seguir y llegar hasta María Pinto, pero el tiempo apremiaba.

Cima de la Cuesta Barriga, mirando hacia donde se encuentra la localidad de María Pinto.

Las bajadas a las cuestas siempre son simpáticas, siempre y cuando no esté muy helado -no es muy agradable llegar congelado abajo-. Nos acercábamos al Mapocho nuevamente. Quería tomar la foto desde el puente, pero la ruta nos teníamos en cuenta un cambio de planes y decidimos volver por El Trebal y Camino Rinconada. Desde la ruta G-68 El Trebal nos recibe con una subida bastante empinada, y para mi sorpresa, en una curva, había una vista maravillosa del Mapocho, por lo que me detuve a tomar mi ansiada fotografía.

La ansiada foto. El río Mapocho, el puente Esperanza y el bello paisaje.
El camino El Trebal estaba bien. El camino Rinconada es un asco. Tiene demasiada basura, es una lástima que la gente utilice las bermas y los sectores aledaños a los caminos como basurales clandestinos. Me sorprendió en sobremanera que desde Rinconada se ve en gloria y majestad el Edificio del Costanera Center, Una pena.

El retorno a casa fue tranquilo y fue recompensado con un sánguche peruano de chicharrón (costillar salteado, camote frito, salsa criolla, cebolla morada y salsa de rocoto). Una delicia.

En total recorrí 76k. Un buena distancia para volver a la ruta después de la pausa invernal.

¡Saludos, lectores!


viernes, 9 de octubre de 2015

Olor a ausencia

Cinco de la mañana. Las cortinas abiertas dejan que entren débiles los últimos rayos plateados de la luna. Algunos muebles se interponen a ellos y generan sombras. La botella, transparente, refleja alguno de los rayos y también permite que la atraviesen formando una silueta curiosa contra la superficie de la mesa. Con el vaso y el gin que tiene dentro pasa una situación similar.

La plateada luz de la luna da paso a los primeros rayos rojos del sol. Un rojo amanecer, como dice una buena canción. Ha sido una noche tormentosa. Sigue la tónica de las últimas noches. Sólo quedan muebles. Ella ya no está.

Es difícil darse cuenta de ese momento en que el alcohol se vuelve tu nueva compañía. Algunos dicen que es el único compañero fiel. Yo no creo en esas patrañas. Pero para algunos es así. Buscar respuestas en el fondo de un vaso, mientras balbucea frases inconexas. Aunque dentro de esas frases sin sentido aparecen momentos de lucidez. Algo así como los ancianos cuando tienen alzhéimer. Un chispazo, como un delta de Dirac, y se fue todo al carajo de nuevo.

"Tengo una duda, ¿quién inventó el olor a ausencia?" murmuraba en uno de esos momentos. "Ausencia es cuando una mujer o un hombre ya no están más" seguía balbucenado el hombre en su pieza. Y volvía a repetir lo mismo entre lágrimas y risa.

¿Quién inventó el olor a ausencia?

Hasta el día de hoy me pregunto cómo olerá la ausencia.


domingo, 20 de septiembre de 2015

Arado

Con la fuerza de un caballo de tres patas
tirando de un viejo arado de madera
a punto de deshacer el último terrón
al igual que se rompe la confianza entre los dos.

Las raíces penetran en la tierra y crecen
crecen, crecen, crecen. Algunas son más
fuertes que otras, Resisten más. Algo así como
un borracho de cantina, experto en resistir estoicamente
a la siguiente ronda, contra un adolescente que apenas
bebe dos sorbos de cerveza.

Que siente el amargor y no le gusta, busca
cosas dulces. No sabe aún lo que es estar mal.
No sabe que la vida es parecida a la cerveza:
amarga, fría, Le gustaría que fuera dulce y cálida.
¡Pero imagina una cerveza caliente!
Ahí sí que la vida andaría mal.

Con la raíces empieza a crecer la planta
o el tubérculo. Y tenemos papas, zanahorias, tomates
y no sé cuántas otras verduras y frutas más.
Pero lo que nos sobra de eso ya sabemos dónde va
a parar. Al estómago a mal traer de ese que un día fue un gran
corcel y que ahora, más encima cojo, sirve sólo para tirar
un pesado y antiguo arado de madera.

domingo, 26 de julio de 2015

Inconcluso (3)

(Continuación de Inconcluso (2) )

3

Después de mirar un par de traseros en la calle, encendí un cigarro, fumé la primera calada. Sentí el humo dentro, traté de retenerlo, como si fuera un pito, y exhalé. Me sentía dañado. No por la caña a eso ya estoy acostumbrado, es como un eterno estado. Bueno, no siempre, porque la mayoría del tiempo la paso borracho.

Por mi culpa hubo un amague de incendio en uno de los basureros del Paseo Bulnes. Ha de haber sido mi estado de ebriedad. O la resaca, como les gusta decir a algunos escritores de poca monta. La cosa es que no apagué bien el pucho. La colilla, aún con brasas fue a parar a la basura. Ahí donde nos olvidamos del problema de la contaminación porque nos sentimos buenos dejando las cosas ahí, sin hacer nada por cambiarlas o reutilizarlas o plantearnos algo. Producto de estos desechos de la despreocupación y del excesivo consumo de estos días, y también de mi falta de conciencia al lanzar la colilla encendida, se inició la combustión.

Supongo que desde chico le tengo respeto a las cosas calientes. Tengo la cagada en el brazo y en la espalda. Pero nunca le había tenido miedo al fuego, al contrario, este me atraía como si tratara de un enlace iónico entre el bromo y la plata. La luz del fuego incidía en mis ojos, y la fotografía, producto de este compuesto que se genera con estos dos elementos, bromuro de plata, se revelaba y quedaba almacenada en mi cabeza.

Pero no sé cómo reaccionar. Vi el fuego y quedé en blanco. Esa atracción no existe más. Me voy a negro. Ni en mis peores borracheras me sentí así. Sudaba. Temblaba. Luego quietud. Y luego sentí movimientos, alguien me zamarreaba, hablaba palabras que se escuchaban lejanas. Recibí un chorro de agua en la cara y me desperté. Traté de incorporarme y después de un momento lo logré. 

Las llamas ya no estaban, en su lugar había humo o vapor, no sé. La gente volvía a tomar su curso. Total, qué les importa a ellos lo que le pase a un viejo borracho. Busqué en los bolsillos de mi tweed la cajetilla de cigarros. Lamentablemente se habían mojado. Caminé y le pedí un cigarro a la primera persona que vi fumando.

El vapor que salía del basurero me hizo recordar el incidente de la infancia. Un escalofrío recorrió toda mi espalda y sentí cómo me noqueaba en la nuca, Pero fui más fuerte y me mantuve en pie. Las malas memorias que me quejaban hicieron que la sed volviera. Me dirigí a San Diego en busca de alguna botillería para comprar una petaca y saciar la sed. 

En el trayecto, los pocos árboles que quedaban en ese sector del centro me hicieron pensar en los árboles que hay en Longaví. Claro que no son los mismos, pero al fin y al cabo son árboles. Árboles que trepaba para esconderme de las personas y así no exponerme a las burlas que recibía producto de mis quemaduras.