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domingo, 8 de mayo de 2016

Clandestino

Las cosas no iban bien el último tiempo. El trabajo ya no daba los dividendos de los años dorados. Le echaba la culpa a la ropa china. Al consumismo extremo en el que vivimos por culpa del neoliberalismo. Causas y efectos, pensaba. Recordaba los tiempos mozos, en que tenía que pasar horas junto a la Singer haciendo bastas, cambiando cierres, poniendo parches ovalados en los codos de las tweeds de los abuelos, en los polerones de los niños y también en los jeans. Antes la gente cuidaba más las cosas. También eran de mejor calidad. No importaba cambiar las cosas todos los años. Las compras se hacían pensando en mucho tiempo de uso. No para desechar de un día para otro.

El negocio no iba bien. Si el día estaba bueno cambiaba dos cierres y hacía una basta. Con eso no alcanzaba ni a comprar pan para el desayuno del día siguiente. Para qué vamos a hablar de pagar cuentas.

Fue conversando con Joaquín Matta, alias el cara de tinto, el borracho del barrio, que surgió la idea. 

El cara de tinto era un cuico borracho. Bueno, había sido cuico. Ahora no. Dejó su casa y se botó al litro. Se lo puede ver paseando en las cercanías de la Punta de Diamante. Siempre va acompañado de un perro, el Negro, y a veces se le suman otros compañeros cuadrúpedos que andan de paso por el barrio, preocupados de pescar alguna sobra de las carnicerías del sector.

A pesar de ser un barrio comercial, no hay botillerías. O al menos no habían hasta hace un par de años atrás. Fue ahí que surgió la idea del cara de tinto. La sastrería serviría como fachada para el negocio. El vino lo conseguiría con un amigo que vive en las cercanías de San Javier. Lo aumentaría con un poco de agua y lo vendería a granel. Llevar la botella a llenar, pagar y tomar el vino aguado para saciar las necesidades etílicas.

El clandestino funcionaba bien. Le ayudaba a parar la olla. El cara de tinto era uno de los beneficiados, pues como había sido el gestor de la idea, se llevaba de comisión el diez por ciento de las ventas, lo que le servía para comprar pan, y, además, comprarle un poco de vino al sastre.

El rumor se corrió entre los borrachos de las cercanías. Se veían colas largas que se confundían con la de las personas que iban a buscar parafina a la bomba que estaba al lado. Una fila de personas con bidones con olor a kerosene y otra fila de personas con botellas de todas las formas y tamaños posibles. Una mezcla entre vinagre y el líquido azul. Azul y morado.

Los pacos no tardaron en notarlo. La sastrería fue desmantelada. El vino fue tirado al alcantarillado, llenando de regocijo a las ratas de las cloacas, que sin saber lo que era el alcohol, cayeron en su trance de infinito placer. Los buenos para remojar el guargüero fueron los más perjudicados, porque a pesar de que el vino era aguachento, tenía un buen sabor. Y también era barato en relación a un cartón. El barrio se vació de los borrachos, pero aún de puede ver al cara de tinto rondando las calles junto al Negro y una petaca en la mano.

sábado, 2 de mayo de 2015

BOOM

0

Todo empezó cuando Andrea le incendió el auto a Fabián. Al final terminaron juntos y amándose como esas parejas cursis de los comerciales de la TV o de la publicidad de los paraderos de micro. No sé qué tenía en mente Fabián que se enamoró de una mina que le incendió el auto.

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1

La fiesta no estaba buena. Eso da pie para tomar más de la cuenta para tratar de sentir que se pondrá mejor. Para ver si con copete uno se envalentona a hacer algo que haga que la fiesta valga la pena. Pero este no fue el caso. El copete trajo consigo lo que la mayoría de las veces pasa al tomarlo de mala manera. Náuseas, vómitos, más vómitos, negro, negro, negro, destello de algo, vómito y más vómito. La fiesta no estuvo buena.

Aburrida de que sus amigas le insistieran que se fuera a su casa, las mandó a la chucha y se puso a caminar por Bellavista. Unos flaites agarrándose a botellazos, unos punkies macheteando y unos hippies vendiendo sus cosas de hippies. Lo que se ve siempre por ahí.

Los pies livianos. Livianos pero oscilantes. El camino era un vaivén. Andrea estaba volviendo en sí. Pero se puso a tomar cerveza en un local. 

La borrachera sigue.

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2

Fabián estaba en el Forestal tocando guitarra con sus amigos. Fumaban cigarros y pitos. Conversaban de política, filosofía y se iban en la rama con cualquier tema que surgiera. 

No había alcohol. No hubo alcohol.

Seguían perdiéndose en el humo de unos Hilton. Los cigarros que fumaba su abuelo cuando chico, recordaba. Las notas de la guitarra se mezclaban con el rumor de las micros, autos y los gemidos de algunas parejas que lo estaban pasando bien en el parque.

Fabián se despide. Que está cansado, que tiene que hacer. Las típicas excusas mariconas para dejar botadas a las amistades.

Buenas noches, que estén bien.

Camina. Las luces se ven más brillantes que de costumbre. El cielo tenía un color rojo fuego. Extraño tratándose de la noche. Sigue caminando. En la calle Estados Unidos se sube a su auto. Maneja. La luz de que queda poca bencina se enciende a las pocas cuadras. Pasa a la bomba de bencina.

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3

Andrea pasa a un Pronto a comerse un completo. Si es que a esas mierdas se les puede llamar completo. Salchicha recocida con un olor a putrefacción. Pan añejo, pero que calentado pasa piola. Palta que no es palta con sabor a conserva y a preservantes. Salsas de dudosa procedencia que dicen ser de marca de renombre. Pura mierda, pero que cumple su objetivo: ayudar a pasar el bajón.

Ganas de fumar. Andrea se toca los bolsillos buscando su cajetilla de cigarros. No los encuentra. Se desespera en la búsqueda y revisa nerviosa sus bolsillos. No recuerda dónde los dejó. No recuerda nada. Busca dinero. Tampoco. Lo último que tenía se lo gastó en un hot-dog.

Decide salir del servicentro y ver si le puede sacar un cigarro a algún incauto. Se acerca a un auto a probar suerte.

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4

Fabián se estaciona en la bomba. Espera un buen rato a que lo atiendan y no pasa nada. Después se da cuenta de que es una bomba autoservicio. Cómo tan hueón, piensa. Conecta la manguera al auto y espera. En la espera prende un cigarro y se aleja del auto.

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5

Qué raro. No hay nadie en el auto.

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6

Se acerca al auto porque hay alguien registrándolo. Oye, qué estái haciendo, grita mientras corre.

Se da cuenta que es una mujer. Borracha. Con cara de mierda. Pero aún así es una de las mujeres más guapas que ha visto en su vida. Ella le pide un cigarro. Él se niega.

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7

Andrea empieza a patear la perra. Hace el amago de irse. Camina cinco pasos en dirección a la calle y se devuelve al auto de Fabián. Mientras daba los pasos sacaba el encendedor de su bolsillo. Fabián no se daba cuenta de lo que estaba pasando, pues fumaba distraído su segundo cigarro. 

Se siente el chasquido de la piedra contra la rueda. La llama sale. Está a pocos centímetros de la manguera de la bomba. Está más cerca del hoyo del auto por donde entra la bencina. La bencina empieza a arder. 

BOOM.

A Andrea no le pasó nada. Ella alcanzó a correr y esconderse. Él se quemó. El brazo y la pierna derecha. No fue tan grave.

Bueno, perdió el auto. Pero lo material va y vuelve.

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8

Trámites. Demandas. Seguros. Puras pajas legales para cobrar plata y recuperar hueás que no valen la pena. Ahí empezó el amor.

Quizás si Fabián hubiese visto a Andrea en la explosión, habría corrido hacia ella, la habría agarrado, besado y le hubiera hecho el amor. El fuego excita. Más si viene acompañado de una explosión.