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viernes, 10 de junio de 2016

Clic

Y ahí me encontraba yo. Solo. Sin saber qué hacer. Quizás sí sabía, o no. Eso tampoco lo sé. En una situación completamente extraña para mí. Me molestaban sus risas, sus comentarios. Comentarios plagados de sandeces. De degeneración y de insultos. De machismo y una sarta de leseras más. Se sentían dueños de todo. Se refocilaban del acto que acababan de cometer.

Nunca más, pensaba. Nunca más. ¿Qué hacer en una situación de denostación? En que ves cómo pasan a llevar a una persona injustamente. ¡Sólo por ser mujer! Me vi inmerso en ese ambiente y no sabía cómo actuar. Si ponerme la máscara de la indiferencia o sumarme a sus insultos de grueso calibre.

En ese entonces no se me pasaba por la cabeza otra opción. Pero algo hizo clic. Fue el vaso que cayó desde la barra al piso, dejando un posa de pisco con Coca-Cola en el viejo parquet. Lógicamente nadie se molesto en limpiarlo. Y me vi envuelto en otra disyuntiva al empezar a escuchar los murmullos. Ese suave sonsonete de voces inentendibles. Bueno, salvo algunas palabras que lograba distinguir entre los molestos susurros. Se notaba en el ambiente que pronto la llamarían. Que la volverían a insultar. A retar como a un niño chico. Caerían nuevamente en un feroz ataque sicológico.

Clic. Mi cabeza hizo clic. Todo tuvo sentido. Sentí que la situación no se podía volver a repetir. Me arme de valor y los enfrenté.

lunes, 30 de mayo de 2016

Cambio de casa

A veces trato de recordar cómo fue mi primer cambio de casa. Era tan chico que es casi imposible hacerlo. También la segunda o la tercera, pero tampoco afloran los recuerdos. Los posteriores no importan. ¿Qué se sentirá vivir toda la vida en la misma casa? Bueno, no toda la vida, pero al menos los años en que vives en la casa de tus padres, o cualquiera sea la persona que te cría. Tener todo siempre donde mismo, los objetos y pertenencias preciadas ancladas a los muebles, y estos anclado al piso o a las murallas, como si de una sola estructura todo se tratara. Una sola pieza, continua, sin saltos. Todo calculado, en completa sincronía. Si una de esas piezas faltara, se vería extraño. Cambiaría la rutina.

Mañana me cambio por séptima vez de casa. Cada vez embalo menos cosas, porque en cada mudanza me he ido deshaciendo de pertenencias. Cosas que creí que serían interesantes en algún momento, pero pensándolo en frío, no servían para nada. Tengo poco apego a las cosas materiales. Quizás mis discos y mis libros podrían salir de esa categoría. Bueno, y ciertos objetos entregados por seres queridos.

Al comienzo es un tormento, acomodar las cosas de la mejor manera para que todo parezca ordenado, o al menos ese orden cotidiano de los objetos dentro de una pieza. Tratar de semejar el espacio al lugar anterior. Hacer calzar las maderas, los metales y los papeles, para que el engranaje natural de la pieza tome su fluidez. Vuelva a lo cotidiano. No se estanque en la acumulación de polvo sobre las cajas sin abrir.

Cuando parece que ya estás un punto estable, te das cuenta que no lo es. Que los entes inanimados que configuran tu espacio, se encontraban en un equilibrio metaestable. Y vuelta al cambio. Ya sea de configuración de objetos dentro del espacio. Ya sea cambio de los objetos con traslaciones y rotaciones en grandes distancias. Pongámosle el nombre de cambio de casa.

Y así han transcurrido siete mudanzas. Quizás en las primeras jugaba en las cajas a que eran castillos, como veo que hace mi sobrina ahora. Como si los recuerdos de fósiles se trataran. Usar el actualismo para tratar de recrear esos trozos de memoria y hacerlos calzar con el juego de una retoña el día de hoy.

Siento, a veces, que debería echar raíces en un lugar.

domingo, 8 de mayo de 2016

Clandestino

Las cosas no iban bien el último tiempo. El trabajo ya no daba los dividendos de los años dorados. Le echaba la culpa a la ropa china. Al consumismo extremo en el que vivimos por culpa del neoliberalismo. Causas y efectos, pensaba. Recordaba los tiempos mozos, en que tenía que pasar horas junto a la Singer haciendo bastas, cambiando cierres, poniendo parches ovalados en los codos de las tweeds de los abuelos, en los polerones de los niños y también en los jeans. Antes la gente cuidaba más las cosas. También eran de mejor calidad. No importaba cambiar las cosas todos los años. Las compras se hacían pensando en mucho tiempo de uso. No para desechar de un día para otro.

El negocio no iba bien. Si el día estaba bueno cambiaba dos cierres y hacía una basta. Con eso no alcanzaba ni a comprar pan para el desayuno del día siguiente. Para qué vamos a hablar de pagar cuentas.

Fue conversando con Joaquín Matta, alias el cara de tinto, el borracho del barrio, que surgió la idea. 

El cara de tinto era un cuico borracho. Bueno, había sido cuico. Ahora no. Dejó su casa y se botó al litro. Se lo puede ver paseando en las cercanías de la Punta de Diamante. Siempre va acompañado de un perro, el Negro, y a veces se le suman otros compañeros cuadrúpedos que andan de paso por el barrio, preocupados de pescar alguna sobra de las carnicerías del sector.

A pesar de ser un barrio comercial, no hay botillerías. O al menos no habían hasta hace un par de años atrás. Fue ahí que surgió la idea del cara de tinto. La sastrería serviría como fachada para el negocio. El vino lo conseguiría con un amigo que vive en las cercanías de San Javier. Lo aumentaría con un poco de agua y lo vendería a granel. Llevar la botella a llenar, pagar y tomar el vino aguado para saciar las necesidades etílicas.

El clandestino funcionaba bien. Le ayudaba a parar la olla. El cara de tinto era uno de los beneficiados, pues como había sido el gestor de la idea, se llevaba de comisión el diez por ciento de las ventas, lo que le servía para comprar pan, y, además, comprarle un poco de vino al sastre.

El rumor se corrió entre los borrachos de las cercanías. Se veían colas largas que se confundían con la de las personas que iban a buscar parafina a la bomba que estaba al lado. Una fila de personas con bidones con olor a kerosene y otra fila de personas con botellas de todas las formas y tamaños posibles. Una mezcla entre vinagre y el líquido azul. Azul y morado.

Los pacos no tardaron en notarlo. La sastrería fue desmantelada. El vino fue tirado al alcantarillado, llenando de regocijo a las ratas de las cloacas, que sin saber lo que era el alcohol, cayeron en su trance de infinito placer. Los buenos para remojar el guargüero fueron los más perjudicados, porque a pesar de que el vino era aguachento, tenía un buen sabor. Y también era barato en relación a un cartón. El barrio se vació de los borrachos, pero aún de puede ver al cara de tinto rondando las calles junto al Negro y una petaca en la mano.

domingo, 10 de abril de 2016

Era verde

Era verde. Llegó junto con otras de diferentes colores. Azul, roja, amarilla, podría nombrar más, pero para qué. Cada una con una cinta de regalo del mismo color que estaba pintada. Eran de diferentes tamaños. Por cada primo había una bicicleta de regalo. Fue una navidad a mediado de los noventa. Al parecer a mi abuelo le había ido bien durante el año y decidió regalarnos una bicicleta. 

Era verde. Aro 16. Todavía la recuerdo bien. Los detalles del manubrio y la tee, cromados. Los puños, verdes. Los pedales, negros. Las llantas y rayos, brillantes, relucientes como una luna plateada. Los neumáticos, negros, y las ruedas de apoyo, también. Tenía unas espumas para que los golpes dolieran menos. En el manubrio y en el marco. Eran de color verde, y en letras amarillas tenían escrito "BMX".

Era verde. Ahora hablo del pasto. En la casa había ante jardín. Y tenía pasto. Ahí jugaba a la pelota. Y también aprendí a andar en bicicleta. En piques de no más de diez metros. Todo con ruedas de apoyo. Un día, con ayuda de mi abuelo, decidimos sacar una rueda de apoyo. Y así pasó un poco el tiempo, hasta que me aburrí. Quería aprender de verdad a andar en bicicleta. Eso significaba sacar el último vestigio de una bicicleta de niño.

Era verde. Ese día que volví del kinder andaba con una polera verde. Estaba con mi abuela. Y mamá estaba en el colegio. Quería sorprender a mamá. Mostrarle que sabía andar en bicicleta cuando llegara de la pega. 

Era roja. La sangre que salió de mi codo. Entre el pasto, había unos pastelones. En el primer intento de andar sin ruedas fui a dar a uno de esos trozos de cemento incrustados en la tierra. Un poco de agua oxigenada y a seguir intentándolo. Mi abuela sujetaba el asiento de la bici y me hacía pedalear mientras ella avanzaba a mi ritmo. Una y otra vez. Una y otra vez.

Era verde. Vuelvo a hablar del pasto. Al caer por segunda vez, quedé en el pasto. Era agradable la sensación. Sentir su olor. Eliminar la frustración de no poder pedalear solo, sintiendo el pasto en mi cara. Tomar la bicicleta y volver a intentarlo.

Era verde. El techo hecho de planchas onduladas de fibra de vidrio que cubrían el techo del estacionamiento. También las hojas de las plantas al costado de la reja. No sé cuántos intentos fueron antes de llegar al objetivo. A eso que anhelaba tanto. Por lo que llegaba a desvelarme en la noches. El máximo logro que podría alcanzar a esa edad. Aparte de leer.

Era verde. La reja del vecino era verde. La bicicleta seguía siendo verde, pero los golpes hacían que su color fuese dejando al descubierto su verdadero color. Ese día viví el momento. No recuerdo a qué intento lo logré. Sólo sé que pedaleando miré hacia atrás y vi que mi abuela no iba junto a mí. Nerviosismo. A piso nuevamente.

Era verde. El envase del chicle dos en uno que me regaló mi vecina por la reja. Era buena amiga de mi abuela. Jugaban a la canasta. Y siempre me daba golosinas. Me subí por última vez con ayuda a la bicicleta. Ya no necesitaba que nadie me sujetara. El momento había llegado. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

Lanzamiento de disco

Cincuenta metros con setenta y dos centímetros. Míseros cincuenta metros con setenta y dos centímetros. Sin duda la edad le pesaba. Atrás quedaban esos días de gloria en que rozaba la perfección. En que estaba a menos de una cuarta del récord américano del mejor lanzador de disco de su época. Allá por la década de los setenta, cuando, Danek, el checo, alcanzaba la marca de sesenta y cuatro punto cuatro metros y le daba a su país el oro olímpico en Münich.

De eso quedaba poco. Ni el disco de su época dorada ya tenía. Lo había cambiado por uno más nuevo. Quería saber si las nuevas tecnologías afectaban en algo el lanzamiento. El óxido corroía sus articulaciones. Las hacía crujir, como un latón doblándose en un temporal.

El entrenamiento lo empezó con trotes. Una vuelta a la manzana. Tomó sus viejas zapatillas Nike, una bermuda, la camiseta del equipo de sus amores y un cortavientos. Cinco minutos. Eso tardó. Después de un breve descanso, dio una segunda vuelta. Bajó su tiempo en diez segundos. Pensaba que no estaba tan mal después de todo. Un poco de aceite a los pistones y podría volver a las pistas.

Los paseos dominicales de Ilich, su perro, los empezó a realizar trotando. La vuelta a la manzana ya había aumentado al perímetro del Estadio Nacional. Se sentía mejor, pero no del todo, porque aún no volvía a lanzar. Sabía que sería un largo proceso el volver a realizar su pasión de juventud, mas aún con su edad. Pero lo tenía entre ceja y ceja y nada lo iba a detener.

Su señora ya no estaba con él. Había fallecido el año anterior. Un resfrío mal cuidado. Supongo que esa fue una de las razones que gatilló que volviera a entrenar. La soledad. En vez de hundirse en un hoyo, decidió desahogarse con el deporte.

Llegó el día de realizar su primer lanzamiento en más de treinta años. En el campo de entrenamiento del coliseo de Ñuñoa, a un costado de Marathon. El pasto estaba largo, se notaba que no iba gente a entrenar ahí. La única zona sin pasto era una huella por la que pasaban las personas que iban a trotar al lugar. Se paró en el círculo de arena. Tomó posición, dio la vuelta y media y el disco salió por los aires.

Sentía la tensión del momento, se le hizo eterno el vuelo. Podía notar cada pulsación y cómo la sangre avanzaba rauda por sus venas con cada latido del corazón. Hasta que cayó al suelo. Tomó una bocanada de aire y partió hacia el disco.

Cincuenta metros con setenta y dos centímetros.

El entrenamiento seguía día por medio. Los miércoles Ilich le hacía compañía. Lo acompañaba a buscar el disco y lo esperaba con paciencia cuando lanzaba.

La circunferencia de dos y medio metros de diámetro se mantenía como todos los días sólo con sus huellas. Se sentía el frío incipiente del invierno. Y la falta de luz también. Luego de calentar, tomó posición. Estaba decidido a romper su marca personal. El ritual previo al lanzamiento lo hizo paso a paso, tomando todas las precauciones del caso. Estaba tan enfocado en su ritual previo al lanzamiento que olvidó mirar el campo. El disco voló, tomó una parábola casi perfecta y se estrelló.

No lo podía creer. Mientras miraba el objeto volando y siguiendo su camino, vio que este, al aterrizar chocaba en la cabeza de un atleta que entrenaba por los senderos de tierra entre el pasto. Inmediatamente fue a piso. La sangre corría. El último respiro escapaba de los pulmones del corredor. La muerte había llegado para él. 

Corrió hacia él, Asustado, Temblaba, No sabía qué hacer. Fue cuando se agachó para verlo que notó algo. Había roto su marca personal. Incluso había superado los sesenta y cuatro y pico metros del checo. Agarró el disco y salió corriendo mientras que una leve sonrisa se iba formando en su arrugado rostro.

viernes, 9 de octubre de 2015

Olor a ausencia

Cinco de la mañana. Las cortinas abiertas dejan que entren débiles los últimos rayos plateados de la luna. Algunos muebles se interponen a ellos y generan sombras. La botella, transparente, refleja alguno de los rayos y también permite que la atraviesen formando una silueta curiosa contra la superficie de la mesa. Con el vaso y el gin que tiene dentro pasa una situación similar.

La plateada luz de la luna da paso a los primeros rayos rojos del sol. Un rojo amanecer, como dice una buena canción. Ha sido una noche tormentosa. Sigue la tónica de las últimas noches. Sólo quedan muebles. Ella ya no está.

Es difícil darse cuenta de ese momento en que el alcohol se vuelve tu nueva compañía. Algunos dicen que es el único compañero fiel. Yo no creo en esas patrañas. Pero para algunos es así. Buscar respuestas en el fondo de un vaso, mientras balbucea frases inconexas. Aunque dentro de esas frases sin sentido aparecen momentos de lucidez. Algo así como los ancianos cuando tienen alzhéimer. Un chispazo, como un delta de Dirac, y se fue todo al carajo de nuevo.

"Tengo una duda, ¿quién inventó el olor a ausencia?" murmuraba en uno de esos momentos. "Ausencia es cuando una mujer o un hombre ya no están más" seguía balbucenado el hombre en su pieza. Y volvía a repetir lo mismo entre lágrimas y risa.

¿Quién inventó el olor a ausencia?

Hasta el día de hoy me pregunto cómo olerá la ausencia.


martes, 23 de junio de 2015

From here to eternity

Comenzaba el riff de From here to eternity y su cabeza empezó a moverse al ritmo de los acordes, en eso que llaman headbanging. Era una de las canciones favoritas del Johnny. Era la cuarta canción del lado A del casete uno (de dos) que había conseguido en la feria. No era original. Pero tenía el concierto que dieron los ingleses en Donington el año '92 junto a Skid Row, Slayer y otras bandas de esa onda. Live at Donington. 

En la feria le encargaba casetes al Bairon. Se los tenía de una semana para otra, porque eran medios complicados de conseguir. Lo que más vendía eran casetes con compilados para las dueñas de casa. Eran furor. A veces traía cidís, pero como era una tecnología muy cara no vendía muchos.

A Andrea no le gustaba mucho Iron Maiden. Pero los escuchaba con Johnny mientras compartían unas cervezas y unos cigarros en su pieza después del colegio. Los viejos de Andrea pensaban que su amigo era satánico. Al igual que los curas pelmazos que prohibieron la entrada del grupo a Chile tiempo antes por el mismo motivo al que aludían los papás de la Andrea. Por culpa de ellos se había perdido la oportunidad de ver a sus ídolos dando cátedra de cómo hacer un buen heavy metal.

Las juntas en la casa de Andrea tenían que ser a escondidas. Después del colegio corría y aprovechaban al máximo el tiempo juntos antes que llegaran sus viejos. Fue ahí, entre Iron Maiden, cervezas tibias y desvanecidas y sábanas sucias, que Andrea y Johnny culearon por primera vez. No digo que hicieron el amor, porque no habían sentimientos de "amor" de por medio. Lo único que había era amistad. Tenían todo conversado. Johnny se consiguió los condones con un compañero de curso a cambio de un casete de Judas Priest.

Saltémonos la parte caótica de la relación: embarazo adolescente, aborto, peleas, llantos, y más peleas.

Hell is from here to eternity.

La canción seguía sonando en el personal estéreo. Todos los días mientras esperaba la micro para ir al instituto. Ya no veía a Andrea. Pero veía a Javiera. Le gustaba porque se parecía en ciertas cosas a Andrea. Claro que ahora se cuidaba y ella también. No quería volver pasar por lo mismo.

Caminaba en la calle moviendo la cabeza. El fierro de la micro era su guitarra invisible, que hacía más gratos sus recorridos diarios. Tenía todos los riffs memorizados. No le importaba que la gente lo mirara de forma extraña en los buses amarillos. Añoraba el día en que pudiese ver a su banda favorita.

Las cosas dejaron de ir bien. En verdad nunca estuvieron bien. Pero Johnny lo creía y eso le bastaba para sentirse en un estado normal. Más peleas. Celos (qué hueá más estúpida los celos). Por suerte esta vez no hubo embarazo.

Soledad. Cervezas. Más soledad. Tiempo. Y más tiempo. Pasó el concierto del año '96 sin pena ni gloria. No le gustaba la voz de Bayley, así que no disfrutó tanto el concierto. 

Para el 2000 ya estaba trabajando. En una oficina que la única luz que recibía era la de un tubo fluorescente que colgaba de la pared. Olía a humedad y a cigarro. Todos en la oficina fumaban. El sol lo veía a la hora de almuerzo cuando salía a comerse un completo en el Portal Fernández Concha, al lado de la Plaza de Armas. A veces se ponía a jugar cartas con los peruanos al costado de la Catedral. Apostaban mil pesos o lo que fuese. Nunca pudo ganar. 

Fue a mediados de año que llegó la noticia. Iron Maiden se presentaría por segunda vez en Chile. La emoción se apoderó de él. Vendió un par de cosas y compró la entrada. Cerca de quince lucas. Según él, las mejores quince lucas invertidas en su vida. Ya no escuchaba From here to eternity, le traía malos recuerdos. Los peores.

El día llegó. Joaquín, el amigo con el que fue, recibió puteadas de Dickinson por huevearlo con un láser en medio de The Clansman. Esa noche no sonó la canción prohibida. Tampoco volvió a sonar en el personal de Johnny. 

A la salida del concierto vio a Andrea a lo lejos. Parece que ella igual lo vio. Pero no se saludaron. No tenían nada de qué hablar. Mejor así. Compró una lata de cerveza a la salida del estadio y se puso a caminar.

sábado, 13 de junio de 2015

Microbusero

Despertó de su siesta por culpa de un bocinazo. La urgencia del hecho lo obligó a dejar la comodidad de su asiento, de esos con los amortiguadores a la vista, y partir a una reunión en la garita. Al bajar de la micro se encontró con Esteban, quien lo instó a participar del paro mañana. Pero, hueón, entiende, nos quieren cagar con un sistema nuevo, una hueá que no va a funcionar. ¿Vos creís que a estos gallos les importa alguna hueá de lo que nos pase a nosotros? Se quieren puro forrar. Ya vai a ver como queda la cagá. En la reunión la mayoría estuvo a favor del paro. La idea era bloquear Vespucio a la altura de El Cortijo, temprano en la mañana. Los dos recorridos de la Intercomunal Siete estarían ahí. Al final Ramiro dio su mano a torcer y se sumó. Una llamada desde un teléfono público para avisarle a sus señora que no iba a llegar a dormir a la casa. Que no se preocupara. Que era por algo bueno. Dos de los cientocinco recorridos que se sumaron.

Por la radio, las noticias deportivas le informaban que su equipo, Santiago Morning, o el Chaguito, como le llamaba con cariño, había empatado a un tanto contra la Unión. No había podido ir al estadio, ni tampoco escucharlo por la radio.

En la noche, en la garita, el humo de los cigarros que se fumaba se mimetizaba con el humo que emanaba de la fogata improvisada en un oxidado tambor de petróleo. Olor a madera quemada y restos de basura que servían para avivar el fuego. Todo por apalear el frío de la noche capitalina.

Incertidumbre había. No confiaban en Navarrete. Quizás nos caga, Le caen unas chauchas o le ofrecen algún puesto y su ideología se va al carajo, pensaban Ramiro y algunos de sus colegas. El viejo Mario era de la idea de armar una barricada en Vespucio. Pero tras las insistencia de sus compañeros, desistió de la idea.

La tensión reinaba en el ambiente. Por minutos nadie hablaba, sólo se miraban. Frío. Nerviosismo. Sueño. Cómo llevar a cabo ésto.

A eso de las cinco de la mañana el primer motor de una Metalpar rompió con el silencio reinante en la garita. Se le sumó un segundo y un tercero. Era el aviso. El paro va, decían algunos, animando a sus compañeros a encender sus máquinas. Una a una fueron saliendo en dirección a El Cortijo.

El bloqueo comenzó. Los buses se cruzaron en Vespucio, ocupando dos pistas las cruzadas y otras ocupando sus propias pistas. Era un enjambre al azar, pero cumplía su función, no dejar pasar a nadie y cortar el servicio de micros de Santiago.

En la radio de la micro de Ramiro se escuchaba que Lagos invocaba la ley de seguridad del Estado. Chucha, cagamos, pensaba mientras consumía su cigarro. Miraba a la virgencita que tenía colgada del techo de su máquina. Decidió partir en la micro a la garita. Tenía miedo. No le importaban las consecuencias. Con vergüenza abandonó el corte y se fue a su casa. Les había fallado. Tenía pena. Sin embargo no sabía que a fin de ese año tendría una pena aún mayor. El Chaguito descendía a la Primera B.

jueves, 14 de mayo de 2015

Swagman

Fue el regalo del tío de su abuela. O de algún pariente viejo. Lo consiguió en el viaje que hizo a Australia en la década del treinta. El año, ni idea. A veces las fechas se olvidan, la verdad es que no es relevante para la historia.

La figura posee una base negra y cuadrada de plástico, la que acoge todo el mecanismo de sonido. Siempre ha tratado de abrirlo, pero no lo ha conseguido. Supongo que debe ser algo así como las cajas de música. Debe tener cerca de quince centímetros de alto. Una réplica a escala de un swagman. Sombrero con corchos colgando para espantar las moscas. Una barba tupida, con aspecto de desaseada. Ojos azules, profundos, como los de la abuela de Matías. Una chaqueta sin mangas y una camisa a cuadros, de color rojo con blanco. Pantalones a tres cuartos de pierna, rotos, con arreglos, parches y muchas manchas. No recuerdo si tiene sandalias o zapatos de cuero. En la espalda una mochila con una especie de saco de dormir.

Waltzing Matilda es la canción. Una versión más lenta y melancólica de las que había escuchado con anterioridad. Quizás ese tono nostálgico es idea de Matías y es causado por ese romanticismo de las cajitas musicales. 

Dos vueltas a la estatuilla y comenzaba la melodía. Matías la escuchaba cuando chico antes de acostarse. Lo tenía en el velador.

Le gustaba imaginar antes de dormir, entre vuelta y vuelta, que había tenido un antepasado que había sido un swagman. Pensaba en él, con sus trapos viejos, y escasos objetos en su bolso, buscando trabajo. Paseando de granja en granja en busca de alguna oportunidad para obtener dinero para comprar comida. O simplemente que le dieran un plato de estofado o sopa a cambio de sus servicios. Soñaba con él. Los escasos conocimientos que tenía Matías de carpintería y jardindería se los atribuía a este pariente imaginario en sus sueños.

Su padre, un campesino alcohólico, venía del campo, y durante los veranos lo llevaba a él y a su hermana a la casa donde se crió. Una antigua casa en las cercanías del lago Maihue. Fue en ese lugar en el que Matías aprendió de carpintería. Fabricó un velador y una silla. Utilizaba maderas nobles que conseguían ilegalmente con los contactos de su papá y algunas sobras de cajones de frutas que encontraban tiradas en la feria cuando viajaban a Futrono a abastecerse. 

La agricultura nunca le interesó, pero se veía obligado a aprender para ayudar en el campo. Todos estos escasos conocimientos se los entregaba a su pariente imaginario en los sueños. A veces, descansando entre las nalcas también iba añadiendo más atributos a su tatarabuelo, como lo empezó a llamar.

De noche, acompañado de un mate, daba dos vueltas a la pequeña estatua y escuchaba la melodía. Le había preguntado a su abuela por la letra de ésta y trató de adecuarla a los sonidos que emitía la misteriosa caja bajo los pies del vagabundo, como le gustaba decirle.  

Cada verano volvía al campo, con el vagabundo. Pero cada vez olvidaba más a su tatarabuelo. Un día su padre murió. Matías decidió quedarse en el campo. Solo. Comenzó a labrar la tierra. No le gustaba, pero la falta de trabajo requería que trabajara en ella para poder alimentarse. A veces, en Futrono vendía algunos muebles que hacía. Y continuaba escuchando Waltzing Matilda. Llegó el día en que consiguió un long play que contenía la canción. Ya no era necesario girar a cada instante al vagabundo para oírla. 

Un día decidió partir. Se dirigió al paso Hua Hum con sus pocas pertenencias, entre ellas el vagabundo. Y cruzó a Argentina. La obsesión con el swagman crecía día a día y sin darse cuenta se transformó en uno. Claro que un poco más moderno. 

Quilaquina, Trompul, las cercanías del lago Escondido, lago Lolog fueron sus destinos. En cada casa de campo que veía preguntaba si necesitaban que les hiciera algún arreglo a cambio de comida y alimento.

Al final de cada día, acompañado de una fogata, Matías se dormía escuchando al vagabundo cantar Waltzing Matilda.



sábado, 2 de mayo de 2015

BOOM

0

Todo empezó cuando Andrea le incendió el auto a Fabián. Al final terminaron juntos y amándose como esas parejas cursis de los comerciales de la TV o de la publicidad de los paraderos de micro. No sé qué tenía en mente Fabián que se enamoró de una mina que le incendió el auto.

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1

La fiesta no estaba buena. Eso da pie para tomar más de la cuenta para tratar de sentir que se pondrá mejor. Para ver si con copete uno se envalentona a hacer algo que haga que la fiesta valga la pena. Pero este no fue el caso. El copete trajo consigo lo que la mayoría de las veces pasa al tomarlo de mala manera. Náuseas, vómitos, más vómitos, negro, negro, negro, destello de algo, vómito y más vómito. La fiesta no estuvo buena.

Aburrida de que sus amigas le insistieran que se fuera a su casa, las mandó a la chucha y se puso a caminar por Bellavista. Unos flaites agarrándose a botellazos, unos punkies macheteando y unos hippies vendiendo sus cosas de hippies. Lo que se ve siempre por ahí.

Los pies livianos. Livianos pero oscilantes. El camino era un vaivén. Andrea estaba volviendo en sí. Pero se puso a tomar cerveza en un local. 

La borrachera sigue.

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2

Fabián estaba en el Forestal tocando guitarra con sus amigos. Fumaban cigarros y pitos. Conversaban de política, filosofía y se iban en la rama con cualquier tema que surgiera. 

No había alcohol. No hubo alcohol.

Seguían perdiéndose en el humo de unos Hilton. Los cigarros que fumaba su abuelo cuando chico, recordaba. Las notas de la guitarra se mezclaban con el rumor de las micros, autos y los gemidos de algunas parejas que lo estaban pasando bien en el parque.

Fabián se despide. Que está cansado, que tiene que hacer. Las típicas excusas mariconas para dejar botadas a las amistades.

Buenas noches, que estén bien.

Camina. Las luces se ven más brillantes que de costumbre. El cielo tenía un color rojo fuego. Extraño tratándose de la noche. Sigue caminando. En la calle Estados Unidos se sube a su auto. Maneja. La luz de que queda poca bencina se enciende a las pocas cuadras. Pasa a la bomba de bencina.

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3

Andrea pasa a un Pronto a comerse un completo. Si es que a esas mierdas se les puede llamar completo. Salchicha recocida con un olor a putrefacción. Pan añejo, pero que calentado pasa piola. Palta que no es palta con sabor a conserva y a preservantes. Salsas de dudosa procedencia que dicen ser de marca de renombre. Pura mierda, pero que cumple su objetivo: ayudar a pasar el bajón.

Ganas de fumar. Andrea se toca los bolsillos buscando su cajetilla de cigarros. No los encuentra. Se desespera en la búsqueda y revisa nerviosa sus bolsillos. No recuerda dónde los dejó. No recuerda nada. Busca dinero. Tampoco. Lo último que tenía se lo gastó en un hot-dog.

Decide salir del servicentro y ver si le puede sacar un cigarro a algún incauto. Se acerca a un auto a probar suerte.

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4

Fabián se estaciona en la bomba. Espera un buen rato a que lo atiendan y no pasa nada. Después se da cuenta de que es una bomba autoservicio. Cómo tan hueón, piensa. Conecta la manguera al auto y espera. En la espera prende un cigarro y se aleja del auto.

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5

Qué raro. No hay nadie en el auto.

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6

Se acerca al auto porque hay alguien registrándolo. Oye, qué estái haciendo, grita mientras corre.

Se da cuenta que es una mujer. Borracha. Con cara de mierda. Pero aún así es una de las mujeres más guapas que ha visto en su vida. Ella le pide un cigarro. Él se niega.

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7

Andrea empieza a patear la perra. Hace el amago de irse. Camina cinco pasos en dirección a la calle y se devuelve al auto de Fabián. Mientras daba los pasos sacaba el encendedor de su bolsillo. Fabián no se daba cuenta de lo que estaba pasando, pues fumaba distraído su segundo cigarro. 

Se siente el chasquido de la piedra contra la rueda. La llama sale. Está a pocos centímetros de la manguera de la bomba. Está más cerca del hoyo del auto por donde entra la bencina. La bencina empieza a arder. 

BOOM.

A Andrea no le pasó nada. Ella alcanzó a correr y esconderse. Él se quemó. El brazo y la pierna derecha. No fue tan grave.

Bueno, perdió el auto. Pero lo material va y vuelve.

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8

Trámites. Demandas. Seguros. Puras pajas legales para cobrar plata y recuperar hueás que no valen la pena. Ahí empezó el amor.

Quizás si Fabián hubiese visto a Andrea en la explosión, habría corrido hacia ella, la habría agarrado, besado y le hubiera hecho el amor. El fuego excita. Más si viene acompañado de una explosión.




jueves, 23 de abril de 2015

Guitarra ebria

Se escuchaban a lo lejos algunas notas de un instrumento de cuerda. Pero sólo a ratos, en ese instante en que el mar se recoge en silencio tras haber chocado estrepitosamente en contra de las blanca y brillante arena de esta lejana playa. Lejana porque no es en mi país. Suficiente para sentirme un poco melancólico. Más aún sabiendo que me quedaban dos cigarros y ya tenía un par de cervezas en el cuerpo.

Me dediqué a caminar en zig-zag. Desde el mar hasta el fin de la playa cercano a los bosques. Volver al mar, mojarme lo pies, llenarlos de arena en el camino hacia el bosque. Así muchas veces. En uno de esos vaivenes me encontré con este muchacho. Barba incipiente, pero fina, lo que mostraba que aún era un púber o que esa etapa de la vida se había retrasado en él. Un par de dreadlocks cortos y que parecían antenas en su cabeza coronaban su ser.

La melancolía reinante en mí se canalizó en ganas de tocar guitarra. El muchacho, sentado en un tronco en la playa me quedó mirando. Me acerqué y entré en conversación con un hola. Parecía no entender, pero las similitudes idiomáticas entre el español y el portugués hicieron posible la comunicación. Bueno, tampoco le restemos importancia a los gestos.

Ahí estaba el joven frente a mí. La arena se me metía por el pantalón. El suave viento levantaba los granos más livianos haciéndolos chocar con mis brazos dando un sensación de hormigueo. Las manos me picaban, en sentido figurado, porque quería tocar guitarra. ¿Qué estás tocando? fue mi pregunta. Algún grupo de Curitiba fue lo único que alcancé a entender. Un reggae más lento de la habitual, una desafinada voz y la ausencia de la cuarta cuerda. Sirvió para conocer algún grupo de este país que limita con el Atlántico.

Mi turno. Qué complicado tocar sin una cuerda. El alcohol seguía haciendo sus efectos. Lo que me animó y me hizo cantar. Idioma corporal, luego Días de Alejandra con un arpegio extraño debido a la ausencia del Re. Un posterior intento fallido de Cuando yo era un loco. Su cabeza se movía, en lo que intuí era un signo de aceptación.

Su turno. Otras canciones de reggae. Me esperaba algo de bossa nova. Pero no hubo caso. Es que llevo sólo seis meses aprendiendo. Lo contraste con mis doce años tocando guitarra. Claro que yo no toco bien.

Me despedí y seguí mi camino. En busca de una cerveza que me mantuviera ebrio por lo que quedaba de tarde. Me adentré por una serie de puentes de madera que rodeaban el borde costero, entre bosques y el mar. Algo que nunca había visto. El kiosko estaba cerca y la cerveza también.

domingo, 22 de febrero de 2015

Momento mágico

Comenzaba el descenso desde El Salvador hacia la costa. Sólo uno de los cuatro que íbamos en la camioneta conocía la ciudad. Pero estuvimos ahí, la recorrimos. Hasta entramos al estadio y nos dimos el gusto de pisar el pasto. Que no es sintético como el del estadio de Copiapó, el Luis Valenzuela Hermosilla. Había gente regando el césped de El Cobre. Y hacía mucho calor. Comenzaba el descenso desde el Salvador hacia la costa. Ciento veinte kilómetros nos separaban de nuestro objetivo. Íbamos conversando. Salían a colación palabras como inmensidad, belleza, pampa, abuso y otras más. ¿Por qué no te ponís música? ¿Cómo qué? No sé po'. ¿Quila? Oh, yo ando con la Cantanta. Y empezamos a escuchar la Cantata de Santa María de Iquique. Ad-hoc. O casi. Señoras y Señores / venimos a contar / aquello que la historia / no quiere recordar. Todos la cantamos. De principio a fin. El tío hacía los diálogos. El reto cantaba. Algún entusiasta movía las manos haciendo percusiones, guitarras y vientos. El momento cúlmine de esta travesía llego al entrar a Diego de Almagro. Sonaban las últimas notas de la Cantanta, el potente último verso Unámonos como hermanos / que nadie nos vencerá / si quieren esclavizarnos / jamás lo podrán lograr. Y de la tierra emerge un puño de acero. Un puño izquierdo metálico oxidado, envuelto en una estructura metálica, oxidada también, con dibujos en ella. Palomas, cascos mineros, hoz, martillos, manos, estrellas. Todo en tonos naranjos que combinaban bien con los colores del desierto de Atacama. Se detiene el auto. Se genera un silencio entre todos. La radio ya no suena. No hay voces, Solo cuatro hombres mirando una estatua.

viernes, 13 de febrero de 2015

Migas de pan

Me desperecé y logré poner los pies en el suelo. Me costó mucho. Había sido una larga noche y la comodidad de mi cama me lo hizo más difícil, pero lo logré. Un par de bostezos, de esos bien largos y ruidosos, una refregada de ojos para quitar esos granitos que parecen arena que te pegan los ojos sin dejarte ver nada del día que comienza. Ahí estaba yo. En el limbo entre la cama y el piso. El primer paso fue agradable. Bueno, quizás no tanto, pero el segundo sí que lo fue. Me gusta la sensación de pisar migas de pan duras. Lo siento como un masaje y eso que no me gustan los masajes. Luego de seguir un par de instrucciones como dictaba Cortázar me puse a andar. Quizás hasta subí una escalera, pero eso no lo podría aseverar, dado que no recuerdo si mi casa tiene o no escaleras. Pero digamos que sí para hacer esto más interesante. Bueno, en teoría si hay una escalera debería haberla bajado. Se supone que las piezas están en el segundo piso y la cocina en el primer piso. Por tanto, podría darme el lujo de escribir "instrucciones para bajar una escalera", aunque sea una copia burda de ese gran escritor. Me lavé la cara en la canilla de la cocina (qué extraño decirle canilla). Masqué un pan duro y un durazno que aún no maduraba. Qué terrible es desayunar mal. Seguía pisando migas de pan duro en la cocina. No sé cómo no hay hormigas, pensé. Siempre he pensado que no hay que fumar antes de mediodía. Pero tenía ganas. Así que prendí un cigarro y lo fumé con toda parsimonia. Ponía atención en el crepitar del papel y del tabaco. Qué maravilloso sonido. Me vi reflejado en el vidrio del horno eléctrico -eléctrico, no de microondas. Esas hueás son para los maricones-, y vi mi pelo enmarañado. Decidí ir a peinarlo y terminé lavándolo. Me corrí una paja en la ducha, pero no me fui. El pelo ya no estaba más hecho un lío, pero estaba mojado. Las gotas de agua caían al suelo formando un pequeño charco. El piso del baño estaba mojado. Y el piso de baño también. Uno es cerámico y el otro es de algo parecido a la lana, pero no sé. Volví a bajar la escalera. Ya podría decir que soy un experto en bajar escaleras, mas no en subirlas. Cuando chico me tiraba de poto por la escalera. Después mi abuela me retaba y me decía que me podía quebrar la espalda haciendo eso. Nunca le hice caso y nunca me quebré la espalda. Menos mal. Qué paja andar en silla de ruedas. Me terminé de vestir sobre las migas de pan duro. Y me fui a jugar a la pelota a la cancha del barrio. A lo lejos se escuchan los autos. En realidad se escuchan bien cerca. Y pasan rápido. Yo meto un gol. Y otro más. Al rato siento algo extraño pero agradable en el zapato. Me detengo en medio de la cancha. Todos me putean. Yo tranquilo me quito el zapato, luego la media y descubro un par de migas pegadas en mi pie.