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lunes, 17 de octubre de 2016

Cuesta Colliguay

Antes de volver a Santiago tenía que decidirme por alguna ruta en las cercanías de Villa Alemana. Algún lugar al que no había ido. Dentro de mis opciones se encontraban: Concón desde Quillota, La Calera y la Cuesta Colliguay. En vista de que tenía ganas de dejar las piernas en el cerro, opté por la última.

El camino para llegar es sencillo. Desde Villa Alemana uno toma la calle Maturana o desde Peñablanca se va por Bernardo Leighton. Ambas calles de juntan antes de llegar al Tranque Recreo, en la intersección del camino Lo Orozco con la ruta F-560.

Desde el cruce hay que avanzar cerca de 9km en dirección a la ruta 68, para encontrarse con el desvío hacia Los Quillayes. En este sector hay casas bacanes. Antiguas, de adobe y otras que parecen palacios del principio del siglo pasado. Casas de campo. El camino hacia la cuesta, por la ruta F-760, es un constante subir y bajar. Nos son bajadas ni subidas muy pronunciadas ni extensas, pero si pueden jugarle en contra a alguien con no tanta experiencia. La ruta es asfaltada y hay hartos árboles, lo que se agradece en días calurosos como el que me tocó a mí.

Adentrándose 9km por la F-760 uno se encuentra con el Embalse Carrizo y también con el fin del pavimento. Justo en ese punto comienza la cuesta. Ésta tiene una extensión cercana a los 6km y una diferencia de altitud de 400m.  

A mitad de camino subiendo la cuesta Colliguay.
Yo hice el ascenso justo donde empieza el sector que denominan "la M", por la forma que tienen las curvas en ese sector, alcanzando los 625m s.n.m. Lo necesario para tener una linda vista del valle donde nace el famoso Estero Marga Marga (CONAF).


Al fondo, el sector de "la M".

Inicio del sector de "la M" y parada final de mi ascenso. En el valle se puede ver el Embalse Carrizo.
Siempre hay que tomar la consideración de bajar con cuidado en ripio. Pucha que hacía falta un par de alforjas para tener un poco de peso en la cola de la bicicleta. La brisa que sale en la tarde refrescó la bajada y también mi cuerpo insolado.

De vuelta a Villa Alemana pasé a comerme una empanada frita de mariscos, que no estaba tan buena, y en casa me comí mi merecido chacarero con la cerveza respectiva.






domingo, 2 de octubre de 2016

Un poco de pedaleo por la Región de Valparaíso

He aprovechado esta estadía en las cercanías de Villa Alemana para retomar, en parte, las andanzas junto a mi querida Colorina. La nubosidad y el frío de las mañanas no ayudaban mucho a desperezarse y despegar el cuerpo de las sábanas, pero igual lo logré. Las ganas de conocer un poco más la zona eran mayores.

26 de septiembre: Viña del Mar

Los días nublados son un arma de doble filo: el frío hace lo imposible para evitar que uno deje la comodidad del hogar, a su vez, es un agrado darle vuelta a los pedales sin calor. Recordé que hace tiempo que no veía el mar, por lo que el destino más cercano para apreciar su azul inmensidad era Viña del Mar. Decidí tomar la calle Valparaíso -la calle de las micros- y emprender la aventura. Mala idea, considerando que los micreros manejan como malos de la cabeza, a más de la velocidad permitida y sin consideración con los escasos ciclistas que se ven por la vía. La parte más terrible de la ida, fue la bajada que da a 1 Norte, por el Camino Troncal. 

Viña me recibía con una nubosidad total. Un breve descanso en la Avenida Perú y emprendí el retorno a casa. 56km y un desnivel positivo de 782m fueron parte de esta ruta.

Estero Marga Marga, Viña del Mar.

27 de septiembre: Embalse Lliu Lliu


Explorando en Google Maps lugares para pedalear, di con este embalse. Se ubica en las cercanías de Limache, 8km al interior, por la calle Angamos. El paisaje es bonito y el camino entretenido. Muchos colores, aves y flores. Al embalse no pude entrar, porque no había nadie en las casas cercanas y los carteles que habían al interior del recinto no eran muy amistosos con los visitantes. En el sector hay una estación pluviométrica y, además, la gente se dedica a la pesca deportiva en el embalse.

Camino a destino uno pasa por el monasterio San Benito de Lliu Lliu. El recorrido fue de  38km y un desnivel de 433m.

De vuelta del embalse Lliu Lliu, en el sector del monasterio.
Monasterio San Benito.
Embalse Lliu Lliu a la distancia.

29 de septiembre: San Pedro - Quillota

Quería recordar los buenos tiempos que pasé en varias vacaciones cuando el milenio pasado nos dejaba atrás. esos años de las alertas informáticas por el cambio de folio y otras cosas que no recuerdo muy bien. Me dirigí a Quillota, pero quería aprovechar de conocer un poco más la zona, así que tomé el camino por San Pedro. La ruta F-62 fue mi compañera hasta el cruce con San Pedro. Desde la intersección, 1km hacia el Este por la ruta F-382 se encuentra San Pedro. El olor a paltas y chirimoyas invadía la zona. Pasando el poblado esto cambiaba, y las acequias del sector olían a animales muertos y quizás a abono. Aquí uno toma la ruta F-326 hasta llegar a una zona militar, llamada San Isidro. Decidí no seguir a Pochocay y me interné por a ruta F-350 hacia Quillota. Cruzando el camino Internacional ya estaba en la ciudad. Estaba bastante cambiada desde la última vez que la visité, pero los alrededores de la Plaza de Armas, seguían más o menos igual. El tronco tallado seguía estoico, pero se notaba el paso de los años. Un par de vueltas por las calles Prat, Merced, La Concepción y Ramón Freire. Recordé el estadio, que no conocía y me aventuré a ir, pensando en que tendría que pedir algún permiso para ingresar al recinto en donde mi equipo había perdido por dos tantos el fin de semana recién pasado. Para mi suerte, había una actividad de jardines infantiles, por lo que pude ingresar sin problemas. La vuelta la realicé por la calle Valparaíso, para luego tomar la ruta F-62.

En total fueron 52km y un desnivel de 498m.

San Pedro.
Plaza de Armas de Quillota.

30 de septiembre: El Retiro - Viña del Mar

Decidí ir a conocer la casa donde vivió el más grande: Roberto Bolaño, ubicada en el Retiro. Una placa de reconocimiento por los diez años de su muerte adorna una de las murallas exteriores de la vivienda. Esta vez decidí irme por calles interiores de Villa Alemana, El Belloto y Quilpué para evadir a los malditos micreros. Pasado la sede de la UTFSM tomé el camino El Olivar, que pasa por un costado del Jardín Botánico Nacional y llega a la calle Limache. Dejando atrás esta calle y tomando Viana, llegué a la Caleta Abarca donde descansé y contemplé un rato la inmensidad del mar. La vuelta fue por el mismo camino de la ida.

En total fueron 67km y 880m de desnivel positivo.

Caleta Abarca.

Placa conmemorativa de la muerte del más grande.

Espero seguir pedaleando y seguir conociendo más lugares de la zona durante los siguientes días.






domingo, 10 de abril de 2016

Era verde

Era verde. Llegó junto con otras de diferentes colores. Azul, roja, amarilla, podría nombrar más, pero para qué. Cada una con una cinta de regalo del mismo color que estaba pintada. Eran de diferentes tamaños. Por cada primo había una bicicleta de regalo. Fue una navidad a mediado de los noventa. Al parecer a mi abuelo le había ido bien durante el año y decidió regalarnos una bicicleta. 

Era verde. Aro 16. Todavía la recuerdo bien. Los detalles del manubrio y la tee, cromados. Los puños, verdes. Los pedales, negros. Las llantas y rayos, brillantes, relucientes como una luna plateada. Los neumáticos, negros, y las ruedas de apoyo, también. Tenía unas espumas para que los golpes dolieran menos. En el manubrio y en el marco. Eran de color verde, y en letras amarillas tenían escrito "BMX".

Era verde. Ahora hablo del pasto. En la casa había ante jardín. Y tenía pasto. Ahí jugaba a la pelota. Y también aprendí a andar en bicicleta. En piques de no más de diez metros. Todo con ruedas de apoyo. Un día, con ayuda de mi abuelo, decidimos sacar una rueda de apoyo. Y así pasó un poco el tiempo, hasta que me aburrí. Quería aprender de verdad a andar en bicicleta. Eso significaba sacar el último vestigio de una bicicleta de niño.

Era verde. Ese día que volví del kinder andaba con una polera verde. Estaba con mi abuela. Y mamá estaba en el colegio. Quería sorprender a mamá. Mostrarle que sabía andar en bicicleta cuando llegara de la pega. 

Era roja. La sangre que salió de mi codo. Entre el pasto, había unos pastelones. En el primer intento de andar sin ruedas fui a dar a uno de esos trozos de cemento incrustados en la tierra. Un poco de agua oxigenada y a seguir intentándolo. Mi abuela sujetaba el asiento de la bici y me hacía pedalear mientras ella avanzaba a mi ritmo. Una y otra vez. Una y otra vez.

Era verde. Vuelvo a hablar del pasto. Al caer por segunda vez, quedé en el pasto. Era agradable la sensación. Sentir su olor. Eliminar la frustración de no poder pedalear solo, sintiendo el pasto en mi cara. Tomar la bicicleta y volver a intentarlo.

Era verde. El techo hecho de planchas onduladas de fibra de vidrio que cubrían el techo del estacionamiento. También las hojas de las plantas al costado de la reja. No sé cuántos intentos fueron antes de llegar al objetivo. A eso que anhelaba tanto. Por lo que llegaba a desvelarme en la noches. El máximo logro que podría alcanzar a esa edad. Aparte de leer.

Era verde. La reja del vecino era verde. La bicicleta seguía siendo verde, pero los golpes hacían que su color fuese dejando al descubierto su verdadero color. Ese día viví el momento. No recuerdo a qué intento lo logré. Sólo sé que pedaleando miré hacia atrás y vi que mi abuela no iba junto a mí. Nerviosismo. A piso nuevamente.

Era verde. El envase del chicle dos en uno que me regaló mi vecina por la reja. Era buena amiga de mi abuela. Jugaban a la canasta. Y siempre me daba golosinas. Me subí por última vez con ayuda a la bicicleta. Ya no necesitaba que nadie me sujetara. El momento había llegado. 

martes, 29 de diciembre de 2015

A Villa Alemana en bicicleta y ruteo por Lo Orozco

Dejé de trabajar en vísperas de navidad, por lo que el tiempo ahora abunda. Qué bueno poder retomar cosas que no tenía tan botadas, pero que me hacían falta.

Aprovechando que tuve que venir a la quinta región, pesqué mi bicicleta sin pensarlo dos veces (quizás si lo pensé un poco) y me vine. En mayo de este año había tratado de hacer este mismo recorrido, y todo salió mal. Se cortó la cadena y quedé tirado en plena cuesta La Dormida.

Esta vez venía mucho mejor preparado, tanto físicamente como de accesorios o herramientas para enfrentar dificultades menores. Partí temprano. El calor de estos días ha sido asqueroso. El día del pedaleo no fue la excepción. A eso de las 10 de la mañana me encontraba subiendo la cuesta La Dormida. Me lo tomé con mucha calma. Venía con alforjas y el calor me empezaba a achicharrar. Llegado a la cumbre sólo paré a tomar un foto de rigor. Quería llegar rápido a destino y sabía que faltaba mucho.

La bajada de la cuesta hacia el lado de Limache es maravillosa. Tiene muy buena vistas hacia el valle y además se alcanza gran velocidad. Sin duda un gran descanso en la travesía. Llegando abajo uno se encuentra con Quebrada Alvarado. La primera localidad bajando la cuesta. Aproveché de tomarme una bebida y comer una empanada para reponer energías y seguir.

Cumbre de la cuesta La Dormida. Llegando a la Región de Valparaíso.

Cuesta La Dormida hacia Limache.

Quebrada Alvarado, primera localidad bajando La Dormida.
El tramo entre Quebrada Alvarado y Limache era más largo de lo que recordaba. Y todavía faltaba llegar desde Limache a Lo Hidalgo (no es una gran distancia, pero ya se empezaba a sentir el cansancio).

En total fueron 118 km desde Santiago a Lo Hidalgo. Pasé por Lampa, Til Til, Quebrada Alvarado y Limache. Demoré algo así como siete horas, seis horas de pedaleo efectivo.

Ruta y altimetría del pedaleo desde Santiago a Lo Hidalgo.

Lo que me motivaba a venirme en bicicleta, era que hace tiempo tenía el bichito de pedalear por el camino Lo Orozco. Lo había transitado en bus y se veía interesante para salir a rutear.

Hoy en la mañana me decidí y partí para allá. Es duro en algunas partes, sobre todo cuando hay que subir la cuesta. Transitan muchos camiones así que hay que ir atento al camino. La berma es suficientemente ancha para que transite una bicicleta y no pasen los autos pegados a uno. Bajando la cuesta hacia la ruta 68 la berma desaparece casi por completo y comienza la zona de curvas. La parte más peligrosa del camino diría yo. Pero si se transita con precaución no deberían haber problemas.

Ruta Lo Orozco

Ruta Lo Orozco, cerca de un tranque.
Este ruteo fue de 60 km. Interesante debido a la cantidad de subidas y bajadas que se alternan durante el camino. Me topé con un par de ciclistas que estaban en la misma. Curioso para haber sido un martes en la mañana.



La comida es tema aparte. Bueno, no tanto. Después de cada salida hay que comer bien. Antes de partir también. Con el tiempo que he tenido he podido volver a cocinar todos los días. Han sido unos buenos días sin duda.

P.D. Se viene un video de una parte de la travesía. Pesa mucho, así que está tardando más de lo que creí en subirse a YouTube.

martes, 8 de diciembre de 2015

Ruteo a Viña del Mar

Aprovechando el corte de la ruta 68 por la peregrinación a Lo Vásquez, con Nicolás decidimos realizar una salida a pedalear. El ajetreo de la semana hacía que el punto de llegada fuese incierto: llegar a Curacaví y volver, llegar a Lo Vásquez y volver o simplemente llegar a Viña y pasar la noche allá. En la medida que avanzábamos decimos y optamos por la última opción.

Partimos de Santiago a las 6.30 de la tarde. La ruta 68 se portaba bien, hasta pasado la altura de la laguna Carén. Después de este punto el viento empezó a jugar en contra. Lo bueno es que este viento está presente hasta el túnel Lo Prado.

El paso del túnel se siente pesado porque cuesta respirar. pero es bastante entretenido. Lo mejor es ver la luz al final del túnel (lol) y saber que se viene la extensa bajada. 6,4 km de pura bajada con un desnivel de 307 m. 

Puesta de sol desde la bajada del túnel Lo Prado. La única foto que tomé del recorrido.
En Curacaví se empezó a notar la cantidad de personas que estaban haciendo el viaje. Paramos a tomar once, fumar un cigarro y seguimos. Se venía la subida de antes del túnel Zapata. La subida tiene un largo de 5,5 km y un desnivel de 200 m. Cruzando el túnel ya estaba bastante oscuro y la noche ofrecía un cielo bastante despejado. Al no haber luz se podían observar muchas estrellas. Por supuesto, muchas más que desde Santiago. A medida que nos acercábamos a Casablanca ese escenario cambió. 

Casablanca fue la segunda y última parada. No entramos a la ciudad, pero paramos en un puesto improvisado a tomar un té y fumar otro cigarro. 

Tirón de orejas para las persona y ciclistas que iban sin luces ni reflectantes. Cómo tanta imprudencia, incluso con una luz buena no se alcazaban a distinguir y aparecían de imprevisto. Con razón siempre hay accidentes.

Lo Vásquez es tema aparte y no vale la pena mencionarlo. Pasado este punto decidimos seguir hasta Viña del Mar. Comenzó una zona con varias subidas. No tan largas, pero desgastadoras. A la altura del lago Peñuelas el frío comenzó a hacerse presente de verdad. Pasado el lago se acabó la batería de mi celular, y por tanto no pude grabar la ruta de todo el recorrido. En este punto el cuentakilómetros marcaba 102 km.

El desvío a Viña fue solitario. Había muy poca gente caminando y no pasaban autos. El último esfuerzo antes de llegar. Entramos a Viña del Mar por la bajada Agua Santa. Qué maravillosa vista del puerto y del mar. Me hubiese parado a contemplarla con detención, pero el tiempo apremiaba ya.

120 km de distancia y 1287 m de desnivel positivo. El tiempo de pedaleo efectivo estuvo en torno a las 6:07 horas. Buena ruta. Más agotadora de lo pensada.

Una pizza fue nuestra recompensa al llegar. Gracias a la Caro por recibirnos en su casa.

Ruta y altimetría del camino de Santiago a Viña del Mar. En total 120 km de distancia y 1287 m de desnivel positivo.


sábado, 10 de octubre de 2015

Cuesta Barriga

Hoy, junto con mi buen amigo Manuel, decidimos ir a pedalear a la Cuesta Barriga. Ninguno de los dos la había subido, así que aprovechamos la instancia de un fin de semana sin muchas obligaciones y partimos. Nos juntamos en su casa, en Maipú, y nos pusimos en ruta.

Tomamos una ruta que yo más o menos conocía, debido a ruteos que había relizado a Melipilla y otras localidades cercanas. Camino a Melipilla fue el elegido. Como partimos tarde, el tráfico se notaba, y como siempre, las micros interurbanas van haciendo de las suyas manejando agresivamente. 

Hay que tomar Camino a Melipilla hasta llegar a Padre Hurtado. En este lugar está bien indicado hacia dónde se encuentra la cuesta así que es muy difícil perderse. 

La ruta que lleva hacia la cuesta es la G-68 y en Padre Hurtado se llama José Luis Caro. Supongo que al igual que la ruta G-78, que era el antigua camino para ir hasta San Antonio, esta fue el antiguo camino para llegar a Valparaíso (tengo que averiguar bien).

Cruzando la Autopista del Sol, nos adentramos a una zona más rural. El verde empieza a abundar y las mariposas comenzaron a aparecer de manera estrepitosa. Creo que nunca había visto tantas. Una de las vistas más lindas del camino sin duda fue el cruce del Mapocho, en el puente Esperanza. No paré para retratarlo, porque pensaba hacerlo a la vuelta.

Cruzar el Mapocho da una sensación extraña, tanto dentro como fuera de Santiago. No me pregunten el porqué, pero creo que plasmé algo de esa idea en una entrada anterior. Desde el puente Esperanza hasta el cruce con Las Violetas son casi 4,5k. Y es aquí donde empieza la Cuesta Barriga. 

La Cuesta Barriga tiene 6k de longitud, con varias curvas entretenidas y una pendiente promedio de 5%. Me la tomé con calma, porque como era la primera vez, había que analizarla bien. Me tomó un tiempo de 26:24 en llegar a la cima. El día soleado y primaveral nos favoreció y nos entregó una linda vista hacia el valle a medida que íbamos subiendo.

En la cima de la cuesta se encuentra el límite de la Provincia de Talagante y la de Melipilla. Acá descansamos un rato, ayudé a un tipo que se le había cortado la cadena y volvimos a Santiago. Me hubiese gustado seguir y llegar hasta María Pinto, pero el tiempo apremiaba.

Cima de la Cuesta Barriga, mirando hacia donde se encuentra la localidad de María Pinto.

Las bajadas a las cuestas siempre son simpáticas, siempre y cuando no esté muy helado -no es muy agradable llegar congelado abajo-. Nos acercábamos al Mapocho nuevamente. Quería tomar la foto desde el puente, pero la ruta nos teníamos en cuenta un cambio de planes y decidimos volver por El Trebal y Camino Rinconada. Desde la ruta G-68 El Trebal nos recibe con una subida bastante empinada, y para mi sorpresa, en una curva, había una vista maravillosa del Mapocho, por lo que me detuve a tomar mi ansiada fotografía.

La ansiada foto. El río Mapocho, el puente Esperanza y el bello paisaje.
El camino El Trebal estaba bien. El camino Rinconada es un asco. Tiene demasiada basura, es una lástima que la gente utilice las bermas y los sectores aledaños a los caminos como basurales clandestinos. Me sorprendió en sobremanera que desde Rinconada se ve en gloria y majestad el Edificio del Costanera Center, Una pena.

El retorno a casa fue tranquilo y fue recompensado con un sánguche peruano de chicharrón (costillar salteado, camote frito, salsa criolla, cebolla morada y salsa de rocoto). Una delicia.

En total recorrí 76k. Un buena distancia para volver a la ruta después de la pausa invernal.

¡Saludos, lectores!


domingo, 19 de julio de 2015

Valdivia de Paine

Nunca había escuchado el nombre de este pueblo. Fue en una conversación con Nico en que salió a flote este nuevo (para mí) lugar. Él lo mencionó y nos quedó dando vuelta la idea de ir para allá. 

Llevaba aproximadamente un mes (quizás un poco más) sin andar en bicicleta. Bueno, esto no es cierto, ya que me voy regularmente al trabajo en la chancha. Pero me refiero a salir los fin de semana a conocer nuevos lugares, ya sea en Santiago o en sus alrededores. Estos últimos son los que más me entusiasman, por un tema de paisaje. Ver plantaciones o qué sé yo.

En resumen, tenía muchas ganas de dar una vuelta larga. no habían lluvias pronosticadas, la calidad del aire estaba decente (no había alerta, ni pre-emergencia ambiental) y había un factor extra que gatilló todo: un aviso en el ascensor de mi edificio que decía que la luz iba a ser cortada entre las nueve de la mañana y las cuatro de la tarde. El tiempo preciso para salir a pedalear, pensé.

Me abrigué más de lo habitual para salir (me puse patas o calzas o como quieran llamarlas) y el cortavientos.

El camino para salir de Santiago es fácil y rápido si uno conoce bien las calles. En este caso, lo más rápido era tomar Isabel Riquelme, Bascuñán, Carlos Valdovinos, PAC y Camino a Lonquén.

La última vez que tomé el Camino a Lonquén estaba en pésimas condiciones. Baches y basura por todos lados. No es una muy biena impresión pensando que uno está saliendo (o llegando) a Santiago. Esta vez estaba más limpio y el pavimento en mejor estado. Desde el desvío en Pedro Aguirre Cerda hasta Lonquén son cerca de 27 km. Lo bueno es que es en bajada, y como era fin de semana largo no había mucho tránsito, por lo que se podía llegar bastante rápido a Lonquén.

Calle Balmaceda, llegando a La Islita.

Entrando a Lonquén, se toma la calle Balmaceda, que ha de ser la calle principal, y se sigue derecho hasta llegar a la entrada de una localidad que se llama La Islita, que queda entre Lonquén e Isla de Maipo. Es aquí que se toma la ruta G-46 hacia el SE. Después de sufrir un poco con el frío que había en el sector, crucé el Río Maipo. Fue ahí en que divisé la línea del tren, es un puente paralelo al a ruta. He de suponer que ese tramo se trata de un ramal que conecta la línea de tren que se dirige al sur de Chile, con la que va al puerto de San Antonio, comenzando en Talagante y terminando en Paine.

Puente que cruza el río Maipo, límite de la Provincia de Talagante con la Provincia de Maipo.

Línea del tren, que une Talagante con Paine (fue imprudente tomar la foto, pero no me pude resistir a hacerlo, hay algo que me atrae mucho de los rieles)

Además, cruzar el río Maipo a esta altura marca el cambio de provincia, de la Provincia de Talagante se pasa a la Provincia de Maipo. Pasado este hito, nos encontramos con el desvío a Valdivia de Paine. Se toma la ruta G-500 por cerca de 6 km. La calle principal de este pueblo se llama Chile. Es una calle larga, con varios negocios y casa. Muchos árboles altos y un aspecto, como han de suponer, bastante rural. Luego de un par de vueltas, y un intento fallido de comprar algo (andaba sin efectivo y no había ningún local con Redcompra, sólo Caja Vecina) me fui. 

La fatiga me empezó a atacar. El lugar más cercano para conseguir comida comprada con dinero plástico era Buin, por lo que mi energía la destiné en llegar hasta allá. Mientras pedaleaba, buscaba árboles frutales al borde del camino con la ilusión de encontrar alguna fruta para comer y reponer energía. No apareció ninguno. Ya no daba más de fatiga y entré a un local entre Viluco y Maipo. La misma historia que en Valdivia de Paine. Le pregunté a la dueña si es que tenía una cuenta a la que depositarle y así poder comprar algo. Amablemente aceptó, pero no todo podía salir bien. Mi celular estaba sin señal, por lo que no podía hacerle la transferencia. No sé si habré estado pálido o algo por el estilo, pero me dijo algo así: "llévate las galletas y transfiéreme después, no te preocupes, aún creo que hay gente buena y honrada. Ah, toma, este chocolate va por cuenta mía". (Gracias señora Rosa por la buena onda). Luego de agradecerle mucho, salí del local a comer. Ya con nuevas fuerza emprendí rumbo a Buin. 

Para llegar a Buin hay que tomar la ruta G-490, pasar por Maipo y por último tomar el camino Buin-Maipo. En Buin almorcé, y pensé en cómo volver a Santiago. La Ruta 5 no era opción. Ya había hecho ese trayecto y es una paja. Volver por el mismo camino de la ida tampoco, por lo que decidí volver por Los Morros. Este camino también lo conocía, solo que lo había hecho en el otro sentido. Luego era cosa de llegar a la Gran Avenida y llegar al hogar y descansar luego de 110 km en movimiento. 








martes, 14 de julio de 2015

La Negra

Fue en un momento inesperado
no es que haya sido algo que pensé mucho
te fui a buscar y no nos separamos más.

Compañera de andanzas y de locas aventuras
cuántos kilómetros recorrimos
algo así como 0,00002 UA (¡y quizás es una exageración!).

Ojalá nos hubiese alcanzado para llegar al sol.
Pero tendría que andar sobre ti toda una vida
o no tanto, pero igual es mucho.

Negro brillante y plateado tus colores,
como un carbón reluciente de la mina de Lota
algo difícil, porque el carbón es opaco.

Pero tú brillas aún.
Con cada vez más grasa a pesar de los esfuerzos por quitarla.
Cada gramo de grasa que yo perdía tú lo absorbías.

Un trato justo, si pensamos que yo hacía harto esfuerzo.
Aunque llevarme a cuestas tampoco ha de ser fácil
menos subiendo (y fueron muchas subidas).

Un día cortaste tus cadenas.
Algo así como la premonición de lo que se venía.
Tu libertad. Un descanso (al fin) después de tanto trecho andando.

Romper cadenas y ser libre.
Yo me sentía libre contigo, era cosa de pescarte y ya.
Hasta donde el cuerpo aguante.

Hoy, contrario a lo que creías, te encerré.
En la oscuridad. Como si volvieses a ser un carbón a más de 500 metros bajo el mar.
Esperando que un próximo valiente minero baje a rescatarte 
para que vuelvas a las calles a brillar.

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Dedicado a "La Negra", mi antigua bicicleta.

lunes, 25 de mayo de 2015

Actualización de ruteos

Aprovechando estos días libres (más libres de los que ya vengo teniendo has más de un mes), tomé mi bicicleta y partí con destino a Lo Hidalgo. El camino ya lo conocía. La semana pasada había ido a la cuesta La Dormida y la había sorteado sin dificultades. El recorrido esta vez era similar, con algunas variantes: no pasar por el aeropuerto y conocer el Camino Lo Boza para llegar a Vespucio. La secuencia es sencilla, Carrascal hasta el fondo, cruzar el Mapocho, seguir por la misma calle, que se pasa a llamar Condell y después Camino Lo Boza. En algún momento hay una curva y es ahí donde me salí del Lo Boza llegando a Brasil. Parece que en ese sector este camino deja el concreto y toma las faldas del cerro en un camino de tierra, el cual no pude divisar. Pero llegué a Vespucio conociendo un lugar de Santiago por el cual no había pasado.

Desde Vespucio ya era camino conocido para llegar a TilTil. Lo Echevers y su hediondez característica a animales muertos, aguas estancadas, basurales y quizás cuánta cosa más. Lo bueno es que pasando el cruce con Agua Claras esto decae y da paso ya a un aroma más campestre, por ponerlo de algún modo. Con la aparición del primer perro atropellado en el camino me puse a contar cuántos animales pillaba sin vida en la berma durante la travesía. El contador final: siete, lo que me puso un poco triste. Esta vez el viaje fue sin detenciones. La primera parada la realicé en el kilómetro 5 de la cuesta La Dormida.

Desde el kilómetro 3 me venía siguiendo un perro. Era negro. Se presentó con unos ladridos temerarios, haciendo que me bajara de la bicicleta para acariciarlo. Mala idea -o quizás buena-, debido a que se transformó en mi compañero de viaje. Siguió a mi lado, a mi ritmo por los siguientes 5 km. Que fue donde corté cadena. Caramba. Qué mala suerte. No quedó otra que empezar a caminar junto a la chancha para alcanzar la cima de la cuesta.

Alcancé a caminar cerca de un kilómetro, más menos hasta el cruce a Caleu, cuando se me ocurrió hacer dedo. Ahí fue que un camionero me paró y me llevó en la parte de atrás de su pequeño camión. "Hasta la bajada de la cuesta no más, que después hay pacos". Fue en ese momento, en que el perro comenzó a seguir al camión quedando relegado debido a que sus trancos no le daban para igualar la velocidad de la máquina.

Ese día estaba bastante helado. La bajada de la cuesta hacia Olmué fue una tortura. Olvidé ponerme el cortavientos y me congelé en la bajada. Llegando a Quebrada Alvarado me bajé del camioncito y me puse a caminar. En un comienzo pensé que era Olmué y me disponía a buscar una tienda de bicicletas para salir del imprevisto. Al notar que no era el lugar me puse a caminar hacia Olmué. 

Doce kilómetros separan Quebrada Alvarado de Olmué, una larga distancia considerando que había que hacerla caminando. Recurrí nuevamente a hacer dedo. Paró una camioneta roja. En su interior tres mujeres. Una familia. Tres generaciones. Dejé mi bicicleta en el pick-up y me invitaron cordialmente a subir a la cabina trasera. Iban escuchando a Silvio. Canté y me acordé de mis amigos. Crucé con ellas algunas palabras. Sólo lo necesario, para no interrumpir su conversación. Me dejaron en el cruce del camino hacia la cuesta La Dormida de Limache con el ex-troncal sur.

Ahí terminó mi viaje. Aún tengo la bicicleta sin cadena ya que no encontré un lugar para repararla en la zona.

Ruteos actualizados al 25/5/2015.

La imagen que ven es una actualización con los ruteos que he añadido a mi mapa desde la última vez que subí la imagen. Se añaden las idas a Farellones (curva 15, Yerba Loca), Cajón del Maipo (con regreso por El Toyo), Rancagua (por la Cuesta Chada), dos subidas a la cuesta La Dormida (la última fallida y con destino a Lo Hidalgo).

Sería interesante ir a hacer las cuestas al poniente de Santiago y pedalear por la ruta 68. Bueno, esas vendrán cuando vuelva a tener la bicicleta con cadena.

lunes, 18 de mayo de 2015

170 km

Ayer, junto con Nicolás, nos embarcamos hacia la cuesta La Dormida. Bueno, no nos embarcamos, pero pescamos nuestras bicicletas y partimos. El punto de encuentro fue en el aeropuerto de Santiago, Pudahuel, SCL, Arturo Merino Benítez o como a ustedes les plazca decirle. Y en eso se fueron los primeros veinticinco kilómetros de la travesía. En llegar al aeropuerto.

¿Por dónde irnos? Luego de conversar un rato optamos por tomar la ruta por atrás del aeropuerto: camino Renca-Lampa creo que se llama. Un par de aviones en la losa. Uno aterrizando, que pasó a poco metros de altura, nunca había visto eso tan de cerca. Llega el desvío a camino Aguas Claras, para el que hubo que atravesar un peladero (la conexión con este camino no hacía devolvernos un buen tramo). Y terminando este camino llegamos a Lo Echevers. Pedalear y pedalear. Desde el cruce de Aguas Claras con Lo Echevers a Lampa hay cerca de diez kilómetros.

Lampa: no sé si fue por el día o qué, pero era un caos el centro. Pocos autos y mucha gente cruzando por cualquier lado en las calles. Parada para comer algo e hidratarse. Luego de esto a continuar con el pedaleo. Saliendo de Lampa tomamos el camino a Chicauma. A la entrada de este camino hay un condominio o parcelación o no sé cómo se les llama a esos sectores con muchas parcelas, llamado Valle de Luna, en el que vivía un amigo de mi infancia. Buenos recuerdos.
Llegando a Lampa.
De Lampa a Til Til son 25 km. El camino a Chicauma es bastante entretenido. Pasan pocos autos y muchos ciclistas, debe ser porque es un buen camino. El pavimento está en buen estado, hay hartas rampas y falsos planos, no tan desgastantes. La vista es bastante típica de la zona central, pocos árboles en los cerros, muchos cactus y espinos. En las quebradas aparecen más árboles y también en algunas zonas al lado del camino. Llegando a la última subida del camino a Chicauma nos topamos con el Camino a Til Til.
Un grande.
A seis kilómetros de la intersección de estos caminos, y en dirección a Til Til, nos topamos con el monumento a Manuel Rodríguez y el que sería el segundo descanso, más que nada para guardar el cortavientos porque ya empezaba a hacer calor. Seguir pedaleando un rato y llegamos a Til Til luego de 72 km.


Monumento a Manuel Rodríguez.
Descanso para comer, llenar agua y prepararnos para lo que nos convocaba: la cuesta La Dormida. En Til Til estaba el circo de las Montini y me acordé de la teleserie del siete.

Cuesta La Dormida: 11 km, 6% de pendiente promedio, ascenso en torno a los 650 m. Había pasado por la cuesta en sentido contrario al actual, un mañana después de haber trabajado de barman en Limache, por tanto, la idea que tenía en mi mente de la cuesta distaba mucho de la realidad. Tunas y aceitunas reinaban los dos o tres primeros kilómetros de la cuesta. Después el paisaje se tornaba más boscoso, con especies como roble (que no vi, o quizás sí pero no le presté atención). Luego de una hora y veinte minutos llegué a la cumbre. Al límite entre la Región Metropolitana y la de Valparaíso. Descanso merecido y el cigarro de rigor mirando hacia el otro lado de la cuesta (hacia Olmué). Lástima que la bruma impidiera aprovechar más la vista.

Vista hacia el oriente en la cuesta La Dormida.
La cumbre de la cuesta. Dejando la Región Metropolitana y cruzando a la de Valparaíso.

El descenso fue maravilloso, casi a 65 km/h en algunos tramos. Para llegar a Til Til a almorzar. Cerca de 93 km para un plato de comida. Elegimos un local con aspecto de fonda en el pueblito artesanal de Til Til, Un cocimiento para recomponer el alma y seguir pedaleando.

Ya devuelta, un puchito junto a Manuel Rodríguez y pedalear rápido par no llegar a oscuras a Santiago. Para el cruce de Lo Echevers con Vespucio ya llevábamos cerca de 138 km. El volver desde ahí a la casa fue una tortura, más que por cansancio, porque me dolían las posaderas. Necesito urgente unas calzas acolchadas para estos viajes largos. Vespucio, San Pablo, Santa Isabel y ya estaba casi en casa. Se me acabó la batería del celular cerca de San Pablo con Cumming y hasta ahí marcó 163 km. Los siete restantes se cumplen hasta mi casa.

Hasta la fecha ha sido el pique en bicicleta más largo que he hecho. Le sigue el viaje a Melipilla y Pomaire. Llegué con las piernas cansadas, pero hoy amanecí como tuna, listo para embarcarme, espero que pronto, a otra aventura en la ruta.

PD: No acostumbro a poner fotos en el blog, pero esta especie de crónica lo amerita.