Me desperecé y logré poner los pies en el suelo. Me costó mucho. Había sido una larga noche y la comodidad de mi cama me lo hizo más difícil, pero lo logré. Un par de bostezos, de esos bien largos y ruidosos, una refregada de ojos para quitar esos granitos que parecen arena que te pegan los ojos sin dejarte ver nada del día que comienza. Ahí estaba yo. En el limbo entre la cama y el piso. El primer paso fue agradable. Bueno, quizás no tanto, pero el segundo sí que lo fue. Me gusta la sensación de pisar migas de pan duras. Lo siento como un masaje y eso que no me gustan los masajes. Luego de seguir un par de instrucciones como dictaba Cortázar me puse a andar. Quizás hasta subí una escalera, pero eso no lo podría aseverar, dado que no recuerdo si mi casa tiene o no escaleras. Pero digamos que sí para hacer esto más interesante. Bueno, en teoría si hay una escalera debería haberla bajado. Se supone que las piezas están en el segundo piso y la cocina en el primer piso. Por tanto, podría darme el lujo de escribir "instrucciones para bajar una escalera", aunque sea una copia burda de ese gran escritor. Me lavé la cara en la canilla de la cocina (qué extraño decirle canilla). Masqué un pan duro y un durazno que aún no maduraba. Qué terrible es desayunar mal. Seguía pisando migas de pan duro en la cocina. No sé cómo no hay hormigas, pensé. Siempre he pensado que no hay que fumar antes de mediodía. Pero tenía ganas. Así que prendí un cigarro y lo fumé con toda parsimonia. Ponía atención en el crepitar del papel y del tabaco. Qué maravilloso sonido. Me vi reflejado en el vidrio del horno eléctrico -eléctrico, no de microondas. Esas hueás son para los maricones-, y vi mi pelo enmarañado. Decidí ir a peinarlo y terminé lavándolo. Me corrí una paja en la ducha, pero no me fui. El pelo ya no estaba más hecho un lío, pero estaba mojado. Las gotas de agua caían al suelo formando un pequeño charco. El piso del baño estaba mojado. Y el piso de baño también. Uno es cerámico y el otro es de algo parecido a la lana, pero no sé. Volví a bajar la escalera. Ya podría decir que soy un experto en bajar escaleras, mas no en subirlas. Cuando chico me tiraba de poto por la escalera. Después mi abuela me retaba y me decía que me podía quebrar la espalda haciendo eso. Nunca le hice caso y nunca me quebré la espalda. Menos mal. Qué paja andar en silla de ruedas. Me terminé de vestir sobre las migas de pan duro. Y me fui a jugar a la pelota a la cancha del barrio. A lo lejos se escuchan los autos. En realidad se escuchan bien cerca. Y pasan rápido. Yo meto un gol. Y otro más. Al rato siento algo extraño pero agradable en el zapato. Me detengo en medio de la cancha. Todos me putean. Yo tranquilo me quito el zapato, luego la media y descubro un par de migas pegadas en mi pie.
viernes, 13 de febrero de 2015
jueves, 5 de febrero de 2015
Teoría del norte y sur de Santiago
Un gran amigo trajo su bicicleta desde su casa del norte para empezar a usarla en Santiago como su medio de transporte. Hace un par de días la arregló y hemos estado haciendo rutas. Ambos vivimos al sur del Mapocho. "Hueón, parece que es cierto lo que dice mi viejo ¿Qué cosa? Que la gente que vive al norte del Mapocho se queda a ese lado y la que vive al sur del Mapocho igual". Así que nos quedamos debatiendo sobre esa teoría. Puede sonar muy del estilo "ay, es que yo no bajo de Plaza Italia", pero no es de ese fenómeno del que estamos hablando, pues, según yo, eso ya va más por algo socioeconómico. Las rutas que hemos trazado desde que él arregló su bicicleta han sido todas hacia el sur del Mapocho. San Joaquín, San Miguel, Macul, La Florida, PAC, La Pintana, etc. Todas las cosas que hacemos diariamente están al sur del Mapocho. Incluso, al sur de la Alameda. ¿Cuál será el radio que se mueve una persona de su casa en promedio? Supongo que deben tender mucho hacia el centro y hacia el sector oriente de la capital, formando sendas elipses, mas que circunferencias. Por tanto, nos hemos propuesto empezar a hacer viajes hacia el norte del Mapocho. Un poco para romper con esta teoría que planteó su papá alguna vez.
PS. Creo que no logré explicar de la mejor manera ésto. Debe ser el sueño.
viernes, 30 de enero de 2015
Diego
A Diego le gusta caminar por las calles escuchando música. También le gusta imaginar lo que las personas en la calle conversan. Lo imagina. Como va escuchando música no logra percibir las palabras que se dicen, empero los gestos. A Diego hay muchas cosas que no le gustan, pero no estamos hablando de eso. Un día dijo que cuando camina por calles estrechas y oscuras, le gusta mirar los reflejos que generan las teles prendidas. Le dan un poco de vida a las calles. Destellos de colores. Por lo general si todos son verdes, es porque la mayor parte de la gente está viendo un partido de fútbol. De la selección, lo más probable. Si tiene suerte y hay una ventana abierta puede mirar hacia adentro de las casas. Ve a la gente embobada con la tele. Hacen otras cosas, toman cerveza, tejen, se rascan, comen en familia, pero todo esto se hace en segundo o tercer plano. Las palabras e imágenes que salen de esa caja son más importantes. El mínimo pero todopoderoso poder del pulgar, como dice Fresán, parte con el empoderamiento de la televisión, con el bendito control remoto, que acentúa aun más el sedentarismo en las personas, y que ve su auge con los smartphones. Diego vuelve a percibir lo que pasa en su entorno pues siente un estruendo. Un choque, quizás. Provocado por este infinito poder, quizás. Es más importante caminar. Y prestar atención a situaciones más cotidianas. Como la abuela llenando de mantequilla y palta la marraqueta. O al nieto vago tomar cerveza en la vereda con sus amigos. A Diego le gustan los días de lluvia, pero hoy no llueve. Tampoco hace frío. Las personas tratan de capear el calor de muchas maneras. Toman helados o agua con hielo. Otros cerveza. Algunos se plantan frente un ventilador. Diego no puede hacer ninguna de esas. Se caga de calor. Transpira. La brisa que cruza las calles no es suficiente. Pero sigue caminando. Prende un cigarro, llega a la plaza Yungay. A Diego le gustan las plazas, pero no cualquier plaza. A Diego le gustan las plazas con vida de barrio. Donde el papá juega a la pelota con el hijo y también con su señora. Donde los niños juegan a las bolitas (¿todavía se juega a las bolitas?) o a la pinta. Los que están solos se columpian. Los viejos les tiran migas a las palomas, pero no ahora, porque a esta hora ya no hay palomas. Un trovador decía que el obrero, el estudiante, el jefe y el lustrabotas en la plaza son lo mismo. Creo que no lo podría haber dicho mejor. A Diego le gusta observar la vida de barrio. Las señoras copucheando en la esquina. Vuelve a imaginar sobre qué podrían estar hablando. Sólo ve sus gestos, sus expresiones y sus labios moverse. Parece que alguien se cagó a alguien, piensa. A Diego le gustan las puestas de sol. Le gustan los colores que toman los árboles, que sobresalten los verdes. Y en otoño los amarillos y rojos. Le gustaría mirar los cambios que sufre un árbol durante un año. Ver sus hojas brotar en primavera, como pequeños brotes, frágiles, con tanta vida por delante. Ver su máxima expresión de tamaño en verano, como ahora en la plaza. Quizás tomar alguna de las frutas que el árbol generó. Ver la decadencia del árbol, verlo envejecer sin poder hacer nada. Sólo mirarlo. Con la misma pena que ve a los viejos en la plaza. Ver las hojas caer. Ver la desnudez total del árbol. Pero no sabe si es una desnudez de un niño, de un adulto o de un viejo. Sólo ve desnudez. Tal vez si contara los anillos lo podría saber. A Diego le gusta seguir caminando. Siempre caminando. Pero a Diego no le gusta volver.
martes, 27 de enero de 2015
Tradición
Comenzaba el toque de queda y nos encerrábamos en el local a tomar vino para olvidar. Unas cañas de vino y unos perniles. No había más. Tampoco necesitábamos más para olvidar. O eso al menos creía en ese entonces. El viejo le daba un sorbo a su vaso con vino y miraba a su nieto, que escuchaba atento su relato. Teníamos un casete de Peralta y lo poníamos la gran parte de las veces. No muy fuerte, porque se podía escuchar desde la calle. Si teníamos suerte llegaba alguno de los compañeros con guitarra y cantábamos en silencio algunas de nuestras favoritas. Veía los acordes hechos por ellos, borrosos por el vino, las lágrimas y el humo del cigarro. Si nos poníamos valientes los hacíamos sonar y todos vibrábamos cantando los himnos de lucha y de amor. Al nieto le costaba entender esto. Miraba principalmente los rayados de las paredes hechos en servilletas o cualquier papel que se tuviera a mano. El viejo le daba un sorbo al vino y sentía entrar por su nariz los aromas del almuerzo. Harto comino, orégano y vino. Qué buenos recuerdos tengo de este lugar. Cuando tu papá cumplió dieciocho lo traje para acá. Pasamos toda la noche en lo que nos convocaba. Comer, tomar y fumar. Siempre me acuerdo de las prietas. Unas maravillas. Las preparaba doña Tita. Los arrollados igual. Una pena que esté muerta y nadie siguiera su tradición. Las que sirven ahora no están mal. Pero, mijo, sólo pensar en eso. Ayayai. En ese rincón le pegaron un tiro al Pedro. Una de las tantas veces que entraron mientras estábamos de juerga. Por eso está esa placa ahí, tampoco han tapado el hoyo que dejó la bala. Estábamos cantando y entran estos perros. No me acuerdo por qué estaban buscando al Pedro. Pero alguien lo echó al agua. Y de pasada al local. Bueno, después lo cerraron, pero siempre volvíamos al templo. A la catedral, como le decía el Pedro. Todos devotos del mismo lugar. Devotos de las juntas semanales. A veces diarias, si las chauchas acompañaban. Ya pues, mijo, cómete el puré picante. Y no me vengas con hueás. Tenís que hacerte hombrecito. Tu viejo no está, pero igual quise mantener la tradición. Esperaba que vieniéramos los tres hoy, desgraciadamente no se puede. No todos los días se cumplen dieciocho años.
miércoles, 21 de enero de 2015
Franklin
Últimamente me he dedicado a recorrer Santiago en bicicleta. El otro día crucé La Legua, también fui hasta Maipú y a tantas otras partes que no suelo frecuentar. Pero el sector por el que más he transitado este último tiempo es el barrio Franklin. Sí, vivo a cinco minutos en bicicleta de ese lugar. Es mi lugar de tránsito habitual. Siempre trato de pasar por calles diferentes. Franklin, Arauco, Ñuble, Biobío, Chiloé, San Francisco, Santa Rosa, Placer, Máncora, qué sé yo. Desde pequeño que voy a Franklin, aunque debo decir que un dejé de ir por bastante tiempo. Lo siento como un lugar anacrónico. Se resiste al paso de tiempo. Los recuerdos que tengo del barrio son iguales a lo que veo hoy. Podría decirse que la gente es la misma. Quizás un poco más enajenada con sus aparatos tecnológicos. Pero se suele ver más menos lo mismo. Borrachos, señoras, perros, carniceros, vendedores. Siempre manteniendo sus gritos y sus ritos. El desayuno de sopa de hueso. El almuerzo de porotos con rienda. La cerveza a la salida del trabajo, o en algún momento de relajo durante el día. Si aún transitaran las micros amarillas diría que es lo mismo que hace 18 años atrás. No recuerdo qué micros pasaban por ahí. Mi abuelo me llevaba en auto. Vamos a comprar zapatillas, me decía. Yo feliz. Tendría las últimas zapatillas con luces de los Power Rangers. También aprovechaba de comprar carnes y no sé qué cosas más. Yo me preocupaba de ver juguetes. Siempre piropeando a las vendedoras. De eso sí me acuerdo.
Dos filas. Estructuras metálicas amarillas. Una en la vereda norte y la otra en la vereda sur. Cortan las veredas como los ríos cortan la selva y todo lo que tengan a su paso. Cuántas baratijas. Toallas, sostenes, calzones, juguetes, no sé. La plaza detrás de estos kioskos donde están las tiendas de zapatos. Le vieja tomándose un té. El borracho juntando las monedas para seguir olvidando. La guagua llorando porque quiere teta. El peoneta acarreando la yegua con la mercadería. La tranquilidad de la gente que se fuma un cigarro. Los cargadores de carne, sacándola del camión, llevándola en su hombro. El olor a carne. A suciedad, también a pescado. En los lugares más recónditos olor a orina. Siempre mezclado con un poco de olor a alcohol y aceite de auto. El desesperado tocando la bocina, apurado por llegar a su casa para saber si su señora se lo está cagando. Los locales de comida, con esos maravillosos olores de comida típica.
Y yo pasando en bicicleta. Cada día se repite esto, llueva, truene o relampaguee. La vida de este barrio sigue. La mía igual. Y lo dejo atrás, pero sabiendo que volveré.
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