Una tarde de domingo, me acuerdo porque durante esa mañana me habían obligado a ir a misa. Los más probable es que haya sido otoño (¡imagínense lo terrible que es para un niño ir a misa un domingo en otoño!), porque, por lo que recuerdo, estaba fresco, corría un viento agradable, helado, pero agradable, que traspasaba mi polera y hacía que mi piel se pusiera como gallina. Además estaba lleno de hojas secas. De esto último me acuerdo bien porque la pelota de fútbol se quedó atrapada en un árbol luego de fallar un penal. El balón se elevó sobre el travesaño imaginario que yacía entre dos árboles y fue a parar a las ramas. Me acuerdo que mi viejo estaba al arco, y se enojó. Se enojó porque había gastado plata que no tenía por comprarme esa pelota y ahora estaba a cinco metros de altura y nada podíamos hacer para sacarla. Estuvimos un buen rato intentando que cayera tirándole piedras, pero no daba resultados.Lo único que provocó fue una lluvia de hojas secas, de colores rojizos y marrones, de diferentes tamaños, algunas mordidas por algún insecto, otras íntegras. No paraban de caer y se amontonaban suavemente sobre el pasto esperando que algún niño, o alguna pareja de novios inmaduros, se acercaran a saltar sobre los montones de hojas.
martes, 20 de agosto de 2013
viernes, 3 de mayo de 2013
Colillas
Me gusta vivir en la calle, llevo
así como cinco años y no pienso volver a mi casa. Allá me hueveaban mucho, nada
tan terrible, creo que si les dijera por qué me hinchaban tanto las pelotas se
reirían, así que no lo mencionaré. Dejémoslo en que no me gustaba cómo me
trataban. Por eso me fui. Fue duro en un principio, más que nada porque
necesitaba plata para poder comer, fumar y leer. Los libros son lo más difícil
de conseguir, pero en cierto modo me las ingenio para leer al menos uno a la
semana. Lo que encuentro súper difícil de conseguir son los cigarros. No porque
no vendan en ningún lugar, sino porque son muy caros, y el poco dinero del que
dispongo lo uso para comer. Aquí es cuando le digo cómo obtengo los
cigarrillos. Si se fijan, hay muchos sectores en las calles de Santiago que
están atestados de colillas de cigarro. Uno de esos lugares son los paraderos
de micro. De verdad, fíjense: cientos de colillas. El paraíso para quien no
dispone plata para comprar cigarros. Me dedico a recoger las colillas, unas
quince me bastan para preparar un cigarrillo. Sí, sé que se están preguntando
cómo los enrolo. Bueno, eso es cuento aparte, pero convengamos en que los
consigo en la plaza en la que duermo, de los cabros que van a pitearse a
escondidas de sus familias. Me acerco a ellos y les pido que me conviden
papelillos, eso es todo. Luego de conseguir algunos, comiendo a enrolar. Lo
único desagradable es que quedan las manos pasadas a tabaco ahumado, y cuesta
que salga ese olor. Pero ya estoy acostumbrado, y a la gente que pasa en la
calle poco le importa el olor que tengo, menos el olor que tengo en los dedos.
Por eso siempre he dicho: un paradero es un buen lugar para conseguir tabaco
cuando la plata escasea.
domingo, 31 de marzo de 2013
Carrete
Estábamos en una fiesta, en algún lugar de Santiago, no
sabría decir dónde, debe haber sido en algún lugar de clase media-baja. Esto
último basado en los ladrillos que se dejaban ver en el living-comedor de la
casa. Paredes de ladrillos Princesa -esto lo sé porque estudio ingeniería en obras civiles-, sin capa de concreto por fuera, ladrillo
pelado, con apenas una mano de pintura blanca. Debe ser alguna de esas villas
que tienen cientos de casas iguales, todos con los living-comedor de la misma forma.
En la mesa se podían observar los vasos, todos diferentes, restos de juegos de
vasos antiguos y algunos más nuevos. Los tragos que habían no eran de los más
caros, tampoco de los más baratos, pero no podría decir exactamente cuáles
eran. Aun así, nos acercamos a la mesa y nos servimos unas piscolas, –creo-,
luego nos acercamos al sillón para sentarnos. No cabíamos los tres, había
alguien más sentado ahí, así que acercamos una silla y nos pusimos a conversar.
Nos sentíamos incómodos, prácticamente de eso trató la conversación,
conversación que tenía que ser discreta para no ocasionar molestia a los dueños
o a los amigos de estos. Comencé a fijarme en el sillón. Estaba forrado en algo
que parecía cuero, pero claramente no lo era, estaba lleno de hoyos, yo creo
que estaba así de lo viejo que era, o quizá por la mala calidad del forro que
tenía. Igual era cómodo, eso es lo que más importaba en ese momento. Después me
fijé en el piso, no era de madera, ni siquiera era piso flotante. Toda la casa
tenía el piso de cerámica, ¡hasta las piezas!, como pude notar con
posterioridad. El alcohol y la droga que había jalado disminuían un poco el
impacto que me producía esta casa. La coca me la había conseguido el hijo de un
socio de mi papá. Era muy pura, me salió súper cara. Pero no importa, puedo
pedirle más plata a mi viejo mañana, o cuando la necesite. En un momento se nos
acercó uno de los invitados de la fiesta. Nos comenzó a hablar, pero no le
dimos bola. Se notaba que tenía ganas de armar una pelea, cosa que a mí me
parece atroz. Pero él insistía con pelear, e incitaba a alguno de sus amigos a
unírsele. Comenzó dándome un par de palmadas en la cara, y eso yo no lo
aguanté. Cómo se le ocurre a ese roto tocarme. Más aun sin yo haberle hecho mal
alguno. Quizá le molestaba mi presencia. Quizá quería que le diera plata. Quizá
quería mis zapatillas. Vaya a saber uno. Las cosas pasaron rápido, pero me vi
enfrascado en una pelea con aquel tipo. Creo que logré pegarle un par de
combos, incluso diría que le quebré la nariz. Pero él me dejó peor. No sé qué
habrá sucedido en el lapso de tiempo en que estuve inconsciente, de lo único
que estoy seguro es que mis amigos se fueron, no me ayudaron, y, que, además,
el tipo con el que peleé me robó toda la plata que andaba trayendo, ¡hasta los
dos papelillos con coca! Medio atontado, me agarré de la mesa y me levanté.
Abrí la puerta que daba a la calle y salí. Comencé a caminar, a preguntarle a
la gente dónde estaba. ¡Vaya, qué lejos estaba de casa! Cogí el primer taxi que
pillé y le pedí que me llevara a mi hogar. Llamé a la Gabi, que es mi nana, y le dije que
me esperara con plata afuera de la casa, y que no les contara nada a mis
viejos. Así lo hizo. Cancelé los quince mil pesos de la carrera y entré a la
casa. Cuando llegó mi viejo y me preguntó que cómo estaba, le dije que bien,
que lo había pasado muy bien en la casa de Andrés, que es mi mejor amigo. Si
supiera todo lo que pasé anoche me desheredaría. Y claramente yo no quiero eso.
Caos
-¿No tenís otra
cosa que decirme?
-Y cachai que
estaba en el carrete y apareció ella.
-Puta, sí, pero
acá no te lo puedo decir. Siento que hay mucha gente alrededor, y esta hueá es
seria, onda, pa’ conversarlo solos.
-¿la pulenta? ¿Y
qué onda, hueón?
-Dale, ¿te
parece si nos bajamos en dos estaciones más? Por ahí hay un café. Es un lugar
súper tranquilo, nunca va mucha gente, quizá uno o dos escritores, pero siempre
están concentrados en lo que escriben. Le importa un bledo la gente que va pa’l
café.
-Sí, la dura. Hueón,
te juro que quedé pa’ la cagá, estaba más rica que la chucha, con unos
pantalones terrible apretados, se le veía la media raja. Pa’ que te cuento el
escote que tenía. Uf, me acuerdo y me caliento.
-Ya po’, tú me
guías, sabes que no conozco estos sectores.
-De más po’,
socio, si la cabra está terrible buena. ¿Y pasó alguna hueá?
-Cambiando un
poco el tema, me acurdo que estabai planeando un viaje a Chiloé, ¿en qué quedó
eso?
- Ni te cuento
mejor, quedó la cagá.
-No cacho, tuve
un atado en mi casa y tuve que gastar la plata que tenía pa’ eso. Igual, si
logro volver a juntarla parto pa’ allá lo antes posible.
Se inicia el
cierre de puertas.
-Chucha, acá me
bajo, socio, otro día me terminai de contar, chao.
-Ah, pucha, ¡qué
lata!
-Ten más
cuidado, cabrito. No andes empujando. Como te iba diciendo, María, me compré
unos collares en la calle, están súper bonitos, cuando lleguemos a la casa te
los muestro.
-Sí, pero así
son las cosas. Igual, en una de esas podría partir no más, si me animo más,
podría irme a Argentina, tengo unos amigos allá, viven cerca de Buenos Aires.
-¿Y cuánto te
costaron, abuelita?
-Es bonito
Buenos Aires, voy todos los años para allá, casi siempre pa’ algún fin de
semana largo. Aprovecho de comprar libros y cd’s.
-Eso no es de tu
incumbencia, no tengo por qué decirte cuánto gasto en mis cosas.
-¿Acá nos
bajamos?
-Perdón, tenía
curiosidad por saber. Oye, abuelita, ¿me puedes comprar un helado en el almacén
que está cerca de tu casa?
Se inicia el
cierre de puertas.
-Sí, vamos, apúrate,
que nos quedamos arriba.
-Bueno, pero no
le digas a tu mamá, que después me reta por dejarte comer a deshoras.
-¿Jorge? ¿Jorge
Díaz?
-¡Ya!
-¡Jaimito!
¡Tanto tiempo sin vernos! ¿Qué ha sido de tu vida?
-Aquí estamos,
compadrito. Buscando pega, la cosa está cruda, mi señora también está sin pega,
y mi hijo mayor entró a la u, no sé qué voy a hacer.
-Pucha,
compadrito, qué mal.
-Sí, ¿tenís
algún dato de pega? En lo que sea.
-Puta, no,
parece que la cosa anda mal en todos lados.
-Así parece. Ya,
compadrito, me bajo acá. Que estés bien, saludos a tu familia.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Segunda persona.
The sun falls on my eyes and I'm struggling to reason why everybody smiles.
Estás escuchando Penfold, pensando si seguir leyendo a
Bolaño o ir a prepararte un sándwich de queso. Al final no te decides por
ninguna y sigues escuchando Penfold. Sabes
que no te hace bien escucharlos a estas horas de la madrugada, pero insistes en
hacerlo. Quizá por qué lo haces, tal vez no tuviste un buen día, quizá sí. Lo
más seguro es que hayas tenido un buen día, pero alguna situación lo haya
arruinado. Ves los cigarros sobre la cómoda, piensas en fumar, pero en realidad no
tienes ganas. La verdad es que este último tiempo te ha dado asco el olor a
cigarro. Te da asco quedar con los dedos con olor a tabaco. Prefieres seguir
acostado, escribiendo estas líneas. En cierto modo usas esto para desahogarte,
o algo así. Te gustaría tener más talento para escribir. O más imaginación para
lograr escribir algo más que media plana. Tu principal problema es que te hace
falta leer más. Ese es el mayor problema. No basta con lo que lees actualmente.
Debes hacerlo más para obtener más vocabulario, pero eso se dará con la
costumbre. Mejor anda a leer a Bolaño. Déjate de huevadas, no te llevarán a ningún
lugar, solo a seguir odiando un poco más al mundo.
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