Llevo ocho días en Lo Hidalgo. Una localidad que queda entre Villa Alemana y Limache. Es campo. No hay muchas cosas que hacer. Ver pasar los autos con parejas que van a los moteles. Ver como ellas salen avergonzadas, con la cara cubierta por lentes, pañuelos y sombreros. Como si estar en un motel fuese un pecado o algo por el estilo. Quizás sólo sea el miedo a ser descubiertas. ¡Vaya a saber uno! Estos ocho días no he tenido acceso a microondas, puesto que no hay en el lugar en el que estoy. Y me ha servido para corroborar lo nefastos que son. Comida latiguda. La flojera. ¿Que ya nadie se da el tiempo de cocinar algo sin usar el microondas? Hasta he escuchado de gente que prepara huevos a la copa en esa máquina, ¡¿qué mierda es eso?!
Creo en la cocina como medio de revolución. Como medio de generar cultura. De traspasar conocimiento. Sin duda, el microondas y el boom de las comidas congeladas y envasadas, listas para consumir en dos minutos, no ayudan en el arte de cocinar.
Vez que voy donde mis abuelos, le digo a mi abuela que me enseñe algo. No quiero que se pierdan las recetas que son típicas de la familia. Al final la comida te trae recuerdos, buenos o malos, pero recuerdos al fin. Puede sonar medio cliché, pero es la verdad. Cocinar platos típicos. ese ha sido mi estandarte el último tiempo. Tratar de rescatar cosas. Ya basta de posmodermismo gastronómico. Hay que volver a las raíces, caramba.
Me gusta cocinar escuchando Ángelo Escobar.
sábado, 17 de enero de 2015
martes, 13 de enero de 2015
Déjame volver
El sol se pone en el horizonte. La sombra de un par de gaviotas me distrae por un pequeño instante. Casi como el tiempo en que uno demora en pestañear, que es algo así como 50 milésimas de segundo. Las colillas se acumulan en el cenicero, como los granos de arena que mueve el viento por las dunas. Se siente el letargo del atardecer con cada calada que le doy al cigarro. El humo llena mis pulmones y los deja, como el suave oleaje de la playa que alcanzo a distinguir. Tengo miedo. Tirito más de lo normal. Pienso que la enfermedad está en aumento, pero mis exámenes dicen lo contrario. No sé qué creer. Humo y más humo. Un trago me vendría bien. Hielo, vodka y limón. Combinación ganadora, como dice un amigo. Siento un agradable calor dentro de mi cuerpo. Debe se el alcohol. Decido Salir a caminar.
Ya es de noche. No sé dónde estoy. La oscuridad es omnipresente. Sólo se distinguen los leves destellos de las estrellas. Estoy en una planicie, las olas golpean en el fondo del acantilado. Me inquieta la forma en que se puede haber generado esto. Es prácticamente una terraza al lado del mar. Claro que no fue formada por factores antropogénicos. Me tiro al piso y prendo un cigarro. Algo no va bien. Tengo la misma sensación del día en que mi hermano tomó esa estúpida decisión. Hasta el viento y la temperatura son similares. Vuelvo a pensar en la formación del lugar en el que estoy. Me es imposible dimensionar el tiempo que se requiere para construir esta gran obra. Viento, mar, alzamientos, compresiones. No sé. Qué complejo.
Necesito otro trago. Mi petaca está vacía. Mierda. Quiero estar solo. El viento mueve las malezas que me rodean. Un eterno vaivén de cada tallo. Ida y vuelta. Es como si tuvieran un resorte en su base. El humo se mezcla con el aire. Puedo ver algunas formas, pero se desvanecen rápido. Se me viene a la cabeza el artículo que leí sobre plantear las condiciones de borde para generar la ecuación que describe el humo del cigarro. Imposible. ¿Cómo habrá pintado Van Gogh las bocanadas de humo en La noche estrellada? Ahí se retratan muy bien los movimientos y turbulencias. Pero todo queda en nada.
Camino, siento la eternidad como la de las carreteras rectas del norte. Líneas eternas en que no se distingue el horizonte. No se puede ver el final. Llamo a un amigo. No hay respuesta. Basta de pensar, siento que mi cabeza va a explotar. Sensación de la primera bocanada de aire después de estar en coma.
domingo, 11 de enero de 2015
Quizás tanta soledad me abruma en estos momentos. Bueno, no tanto, pero es extraño estar solo en una casa en el campo. Es extraño el silencio. Salvo en contadas ocasiones he estado así. Escuchando sólo mis pensamientos, y uno que otro pájaro trinar. Sin ruidos de bocinas, de motores y otros elementos que son característicos de una ciudad como Santiago. Debo decir que lo extraño, porque toda mi vida ha sido así. Mucho ruido. Mucha velocidad. Creo que podría llegar a acostumbrarme a esto. Pero no lo quiero. Me gustan mucho las ciudades como para vivir en el extrarradio. Es bacán esa sensación de consumir lo que uno cultiva. En verdad yo no he cultivado ni plantado nada de lo que hay acá. Pero sí estoy haciendo uso de eso. Salir en la mañana, alimentar a las gallinas, tomar los huevos que han puesto y luego prepararlos a la copa con un pan recién horneado. Quizás cuando los árboles de cítricos den sus primeras frutas, cortarlas y comerlas a la sombra mientras corre el fresco viento sur de la tarde. De momento me conformo con el proyecto que tengo de hacer una huerta en el balcón del departamento. Sin duda la agricultura es una tema interesante. Ver el crecimiento de las plantas que siembras, alimentarlas para que luego te alimenten. Este proceso lo he visto con el palto que estoy haciendo crecer. Ya debe tener un tallo de veinte centímetros. Tal vez le estén saliendo las primeras hojas. O quizás se murió. Sólo cuando llegue a Santiago lo sabré. Para eso quedan diez días. Diez días en que seguiré con una vida de tranquilidad, tratando de escribir mi memoria, alimentando gallinas, gansos, perros y gatos. Sería bueno poder generar una especie de campo dentro de Santiago, un buen proyecto para un futuro no tan lejano, espero. Mientras, seguiré con mi palto, hierbas y leyendo lo que más pueda sobre plantas. Buenas noches.
domingo, 4 de enero de 2015
Inconcluso
(Una vez intenté escribir algo más largo de lo que acostumbro y jamás lo terminé, esto es lo que salió de ese intento)
1
Llevaba diez
minutos discutiendo con el barman que atendía ese boliche de mala muerte. Él
estaba muy borracho, y el barman no quería servirle otro whisky. Se negó cinco
minutos más hasta que Fernando desistió y salió de ese sucucho. Eran cerca de
las tres de la mañana y no tenía dónde ir. Lo había perdido todo. O al menos
todo que a él le importaba. Bueno, nada le importaba más que el trago, pero
podríamos decir que perdió todo lo que le importada después que el copete. Los
dos años de rehabilitación no fueron suficiente. Lo único que pensaba en ese
momento era encontrar otro boliche para seguir tomando, o –por último-
alguna botillería para comprar algo y terminar tomando en la cuneta, como muchas
de las noches de los últimos meses.
Al amanecer, y
con una botella de whisky barato tirada a su lado vio pasar a las primeras
personas en la calle. Esas que despiertan cuando aún está oscuro, que tienen
que salir dos horas antes de sus casas para poder llegar a tiempo al trabajo.
Por supuesto, Fernando no sabía dónde estaba. La caña no dejaba que se moviera,
por lo que desistió de preguntarle a alguna de las personas que pasaban en qué
lugar estaba. Cerró sus ojos para tratar de dormir un rato más. En una de esas
se me quita esta hueá, pensó.
Deben haber
pasado unos cinco minutos, y Fernando aún no podía dormir. Los malos recuerdos
transitaban por su cabeza, como un río que se seca, pero él se negaba a que
estos se perdieran. Le dolía todo. Sentía que lo que había pasado no era su culpa.
Culpaba a sus viejos, que ya no estaban con él. Que lo habían echado de la
casa. Culpaba a sus hijos, que no le dirigían la palabra hace dos meses.
Hace dos meses
había vuelto a tomar. Hace dos meses lo habían echado de su casa. Después de la
rehabilitación pudo estar un mes sin tomar. Un mes en que todo estuvo bien. Se
sentía feliz, o feliz dentro de lo que un borracho puede estar sin un copete.
Pero no sabía que ese estado le iba a durar tan poco.
Fue en los
años en que el cerdo fascista estaba al mando, pero el problema de su adicción
no tenía nada que ver con él. Fue en el sur. En la casa del campo de su abuelo.
Bueno, no tan al sur. Cerca de Longaví. El viejo tenía la costumbre de tomar
mate. Al desayuno, después de almuerzo, a la once y después de la cena. Tomaba
mate todo el día. Después de la muerte de su esposa tenía que estar pendiente
de tener agua caliente para preparar sus infusiones. Mate con cedrón era su
favorito. A Fernando no le gustaba. Prefería el mate dulce y con leche –lo que
encuentro que es una aberración-, pero con su abuelo tenía que compartir el
mate con cedrón. Venía de jugar una pichanga con alguno de los vecinos, nietos
e hijos de los amigos de su abuelo. Los mismos viejos con los que jugaba ajedrez en la junta de vecinos.
La pichanga la
había ganado el equipo de Fernando, con un contundente seis a uno. Fernando no
había hecho ningún gol. Tampoco había participado en las jugadas de los goles.
Fernando jugaba atrás. Era malo, además era flojo. Le cargaba correr. Por esto
era que siempre lo escogían al último en los equipos. El descuento del otro
equipo fue culpa de él. Todo su equipo se le tiró encima, a pesar de ir
ganando, era terrible que les hicieran un gol. Fernando no entendía eso. Era
segunda vez que veía a esos cabros.
En un momento
se acabó el agua para cebar el mate y el abuelo mandó a Fernando a buscar agua
caliente. La tetera de aluminio estaba puesta sobre la cocina a leña. Fernando
quitó la tetera de la cocina y la puso sobre la encimera. Buscando un termo en
los estantes bajo la encimera, hizo algún movimiento con el que movió el
mueble. Después sólo se escuchaban gritos. Gritos y el ruido de la tetera
rebotando en el piso de cerámica.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Amigos
Se están fumando unos cigarros en el paseo Bulnes, sentados
en una banca. Son cerca de las cuatro de la mañana. No se ve pasar ningún alma.
Salvo el borracho de que duerme afuera de la librería y los tres perros que
juegan con las bolsas de basura de uno de los tantos restaurantes del paseo. El
humo de los cigarros se mezcla con la brisa fresca de la noche que corre de
norte a sur. Las cenizas de los cigarros los delatan. Si no estuviesen fumando
pasarían inadvertidos. Lucho, déjate de huevear con esa botella, le grita a uno
de los perros. Le gusta nombrar Lucho a los perros de la calle. Le recordaba a
uno que se había aguachado afuera de su casa cuando chico. Su acompañante sólo
atinó a reír. De qué te reís, hueón, si hubierai conocido al Lucho me entenderías.
Luego de tirar lo más lejos posible la colilla, recordó lo que le contó una vez
su abuela. Cacha que me gustaría caleta vivir acá. Nada de esas hueás
arribistas de Las Condes y Provi. En esta hueá tenís todo a mano. Cacha que mi
abuela cuando llegó a Santiago se vino a vivir acá. Creo que hasta pasaban
autos por acá. O el tranvía, ya ni me acuerdo qué me dijo. Puta, hueón, cuando
la veái de nuevo, pregúntale. Esas historias no se pueden perder. Ya me bajó en
potito ¿vamos? Se habían sentado a reposar el potito que habían comprado en
Santa Rosa con la Alameda. Me gustaría comprarme un arco. Qué chucha, si no
jugái a la pelota. No po’, pelotudo, un arco pa’ lanzar flechas. En un paseo
que tuve de la pega uno de los locos tenía un arco y lo llevó y era la zorra
lanzar. Imagínate, te parái acá y le tirái una flecha a la estatua de Pedro
Aguirre Cerda. Pero, hueón, pa’ eso le tirái una al conchasumadre de Pedro
Montt. ¿Pero dónde chucha hay una estatua de ese culiao? Nadie lo quiere. Puta,
ni idea.
Caminan. Caminan. Caminan.
Siguen fumando. En eso se les pasa la mayor parte del tiempo. Llegan al Parque Almagro. Oscuridad. Sombras. Juegos. Uno que otro grupo compartiendo las últimas cervezas desvanecidas de la noche. Parejas culeando en las sombras. O eso creo que me gustaría ver. Lo cierto es que son ellos, sus cigarros, la noche. Apuesto que no podís cruzar estas barras fumando. Puta, deja cachar. Auch. No, ni cagando. Me hice cagar el brazo. Jajaja. Oye, dame un cigarro, mejor será. Estoy cagado de sueño. Sigamos mejor. Lucho, para de seguirnos. Es bacán que los perros te apañen en la noche, pero no ahora. El humo se sigue mezclando. Podría viciar el ambiente, si fuese un lugar cerrado. Calmao, estoy que me meo. Hueón, está más hediondo que la cresta. Puta que los quiero. ¿Te acordái esa vez que hicimos la competencia de quien tiraba la colilla más lejos? ¿Estaba contigo? ¿Y la vez que hicimos la araña en la vereda? Pero lejos la mejor hueá fue acostarme de guata en Matta.
Apagan el último cigarro de la noche. Se cierran las puertas del ascensor.
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