viernes, 13 de enero de 2017

Pampa Unión

Ya empezaba a cabecear. La lucha que llevaba codo a codo contra el sueño la estaba perdiendo. Me dejaba atrás y comenzaba a caer en su red. Hasta que me percaté de algo. Algo que irrumpía entre las sequedades del silencio. Algo que no era natural en el paisaje. Al menos no para un extraño como yo. La gente que pasa por ahí ya no las nota. Son una parte más del paisaje. Y así aparecen estas pequeñas estructuras. Unas de latas maltrechas por el sol. Otras de concreto y materiales de construcción más sólidos. Los adornos de diferentes colores, desteñidos casi a blanco, es lo común de estas estructuras. Miento, lo común es el símbolo religioso, esa cruz que algunos dicen cargar y a la que le asignan súperpoderes. Estas animitas aparecen en el desierto, podría decir que están equidistantes una de las otras, pero estaría mintiendo nuevamente. Lo que sí puedo asegurar, es que son muchas y todas están cerca. 

En un momento el sueño me ganó la carrera. Me quedé atrás y caí en un descanso profundo. No creo en el destino, así que llamémoslo coincidencia. Por esas coincidencias desperté en Pampa Unión, bueno, Ex Pampa Unión, para ser más riguroso. Unas ruinas en las que me gustaría haberme detenido. Otro conjunto de objetos que llaman la atención en medio del desierto. Que pasan desapercibidas para los que circulan entre el polvo y los cerros.

Imaginé a los caminantes del desierto. Heridos, sedientos, con las ansias de llegar a algún lugar con prontitud. De llegar al sanatorio de Pampa Unión. Recordé las animitas. Quizá alguna de esas animitas es de algún trabajador del salitre que quedó a medio camino del poblado de Pampa Unión.

martes, 25 de octubre de 2016

Escala de grises

Aparece de vez en cuando sacando ese momento a los rincones más someros de la memoria. Esa frágil, ¡e impredecible!, capacidad que tenemos de recordar situaciones pasadas. Así, en blanco y negro, sale a flote cual madero en un mar tormentoso, esa foto. En escala de grises, que podrían mostrar tristeza, o algún sentimiento de esa índole. Pero los grises tienen otro matiz. Y es que el recuerdo está gobernado de felicidad. Apareces contento. Con una sonrisa que hace olvidar tantos problemas que tenías. La foto la tomé con la cámara que aún conservo. Pero en mi frágil compañera ese momento aparece inalterable. Como si el tiempo no pasara. Un momento congelado, que sale a relucir como cuando en las películas exploradores encuentran un mamut entre los hielos eternos de un glaciar, y al derretirlo el peludo mamífero extinto vuelve a la vida, a perderse en un mundo que le es ajeno, pero al que alguna vez perteneció.

Y ahí estás tú. Congelado en el tiempo y en mis pensamientos. La imagen la puedo describir a la perfección. Tu cara risueña, girada levemente hacia tu hombro derecho, y apoyada en la palma de tu mano diestra. El codo sobre un cojín de ese sillón que no es tan cómodo y el brazo izquierdo extendido se pierde en ese lado de la fotografía. La camisa desabrochada en sus dos botones superiores, dejando al descubierto ese pecho que nunca tuvo pelos. Una abultada panza escondida tras una camisa blanca, que como siempre, llevabas dentro del pantalón. La piernas semi abiertas cubiertas por un pantalón de tela. De esos que siempre usabas, quizás parte de algún terno. De fondo, las murallas de living sin terminar. Con las esquinas cubiertas de pasta muro sin pintar. Y los cuadros colgados en la posición que tienen hasta el día de hoy.

En ese tiempo ya no vivíamos juntos. Y trataba de ir todos los domingos a almorzar contigo y conversar un poco de la vida. Ahí me enseñaste a ponerle un poco de whisky al pisco sour para cambiarle el sabor. En ese momento en que nos dejaban solos en la cocina para preparar el aperitivo en esa coctelera de vidrio, que pasado un rato dejaba que la tapa saliera expulsada por los aires, generando el sonido del descorche de una botella de vino.

Pero al momento en que tomé la foto no estábamos tomando pisco sour. Ese día me ofreciste una piscola. Así que sacamos del refrigerador la botella de Capel, la Coca-Cola, esos hielos grandes que te gustaban, que preparábamos en esa cubetera metálica del año del níspero. Y partimos al living con sendos vasos con uno de los tantos brebajes nacionales. Y así se pasó el rato. Antes mencioné que la memoria es frágil. A pesar de recordar todo esto, no logro dilucidar si fue antes o después de almuerzo. Qué va. Quizás no es relevante dentro de la descripción. Esa fue la única y última piscola que nos tomamos juntos. Después vinieron un par de copas de vino y una que otra cerveza. Fue un momento único. Y tuve la suerte de retratarlo. De capturar un trozo de tu alma, como era la creencia de los antiguos, en una fotografía.

lunes, 17 de octubre de 2016

Cuesta Colliguay

Antes de volver a Santiago tenía que decidirme por alguna ruta en las cercanías de Villa Alemana. Algún lugar al que no había ido. Dentro de mis opciones se encontraban: Concón desde Quillota, La Calera y la Cuesta Colliguay. En vista de que tenía ganas de dejar las piernas en el cerro, opté por la última.

El camino para llegar es sencillo. Desde Villa Alemana uno toma la calle Maturana o desde Peñablanca se va por Bernardo Leighton. Ambas calles de juntan antes de llegar al Tranque Recreo, en la intersección del camino Lo Orozco con la ruta F-560.

Desde el cruce hay que avanzar cerca de 9km en dirección a la ruta 68, para encontrarse con el desvío hacia Los Quillayes. En este sector hay casas bacanes. Antiguas, de adobe y otras que parecen palacios del principio del siglo pasado. Casas de campo. El camino hacia la cuesta, por la ruta F-760, es un constante subir y bajar. Nos son bajadas ni subidas muy pronunciadas ni extensas, pero si pueden jugarle en contra a alguien con no tanta experiencia. La ruta es asfaltada y hay hartos árboles, lo que se agradece en días calurosos como el que me tocó a mí.

Adentrándose 9km por la F-760 uno se encuentra con el Embalse Carrizo y también con el fin del pavimento. Justo en ese punto comienza la cuesta. Ésta tiene una extensión cercana a los 6km y una diferencia de altitud de 400m.  

A mitad de camino subiendo la cuesta Colliguay.
Yo hice el ascenso justo donde empieza el sector que denominan "la M", por la forma que tienen las curvas en ese sector, alcanzando los 625m s.n.m. Lo necesario para tener una linda vista del valle donde nace el famoso Estero Marga Marga (CONAF).


Al fondo, el sector de "la M".

Inicio del sector de "la M" y parada final de mi ascenso. En el valle se puede ver el Embalse Carrizo.
Siempre hay que tomar la consideración de bajar con cuidado en ripio. Pucha que hacía falta un par de alforjas para tener un poco de peso en la cola de la bicicleta. La brisa que sale en la tarde refrescó la bajada y también mi cuerpo insolado.

De vuelta a Villa Alemana pasé a comerme una empanada frita de mariscos, que no estaba tan buena, y en casa me comí mi merecido chacarero con la cerveza respectiva.






domingo, 2 de octubre de 2016

Un poco de pedaleo por la Región de Valparaíso

He aprovechado esta estadía en las cercanías de Villa Alemana para retomar, en parte, las andanzas junto a mi querida Colorina. La nubosidad y el frío de las mañanas no ayudaban mucho a desperezarse y despegar el cuerpo de las sábanas, pero igual lo logré. Las ganas de conocer un poco más la zona eran mayores.

26 de septiembre: Viña del Mar

Los días nublados son un arma de doble filo: el frío hace lo imposible para evitar que uno deje la comodidad del hogar, a su vez, es un agrado darle vuelta a los pedales sin calor. Recordé que hace tiempo que no veía el mar, por lo que el destino más cercano para apreciar su azul inmensidad era Viña del Mar. Decidí tomar la calle Valparaíso -la calle de las micros- y emprender la aventura. Mala idea, considerando que los micreros manejan como malos de la cabeza, a más de la velocidad permitida y sin consideración con los escasos ciclistas que se ven por la vía. La parte más terrible de la ida, fue la bajada que da a 1 Norte, por el Camino Troncal. 

Viña me recibía con una nubosidad total. Un breve descanso en la Avenida Perú y emprendí el retorno a casa. 56km y un desnivel positivo de 782m fueron parte de esta ruta.

Estero Marga Marga, Viña del Mar.

27 de septiembre: Embalse Lliu Lliu


Explorando en Google Maps lugares para pedalear, di con este embalse. Se ubica en las cercanías de Limache, 8km al interior, por la calle Angamos. El paisaje es bonito y el camino entretenido. Muchos colores, aves y flores. Al embalse no pude entrar, porque no había nadie en las casas cercanas y los carteles que habían al interior del recinto no eran muy amistosos con los visitantes. En el sector hay una estación pluviométrica y, además, la gente se dedica a la pesca deportiva en el embalse.

Camino a destino uno pasa por el monasterio San Benito de Lliu Lliu. El recorrido fue de  38km y un desnivel de 433m.

De vuelta del embalse Lliu Lliu, en el sector del monasterio.
Monasterio San Benito.
Embalse Lliu Lliu a la distancia.

29 de septiembre: San Pedro - Quillota

Quería recordar los buenos tiempos que pasé en varias vacaciones cuando el milenio pasado nos dejaba atrás. esos años de las alertas informáticas por el cambio de folio y otras cosas que no recuerdo muy bien. Me dirigí a Quillota, pero quería aprovechar de conocer un poco más la zona, así que tomé el camino por San Pedro. La ruta F-62 fue mi compañera hasta el cruce con San Pedro. Desde la intersección, 1km hacia el Este por la ruta F-382 se encuentra San Pedro. El olor a paltas y chirimoyas invadía la zona. Pasando el poblado esto cambiaba, y las acequias del sector olían a animales muertos y quizás a abono. Aquí uno toma la ruta F-326 hasta llegar a una zona militar, llamada San Isidro. Decidí no seguir a Pochocay y me interné por a ruta F-350 hacia Quillota. Cruzando el camino Internacional ya estaba en la ciudad. Estaba bastante cambiada desde la última vez que la visité, pero los alrededores de la Plaza de Armas, seguían más o menos igual. El tronco tallado seguía estoico, pero se notaba el paso de los años. Un par de vueltas por las calles Prat, Merced, La Concepción y Ramón Freire. Recordé el estadio, que no conocía y me aventuré a ir, pensando en que tendría que pedir algún permiso para ingresar al recinto en donde mi equipo había perdido por dos tantos el fin de semana recién pasado. Para mi suerte, había una actividad de jardines infantiles, por lo que pude ingresar sin problemas. La vuelta la realicé por la calle Valparaíso, para luego tomar la ruta F-62.

En total fueron 52km y un desnivel de 498m.

San Pedro.
Plaza de Armas de Quillota.

30 de septiembre: El Retiro - Viña del Mar

Decidí ir a conocer la casa donde vivió el más grande: Roberto Bolaño, ubicada en el Retiro. Una plaza de reconocimiento por los diez años de su muerte  adorna una de las murallas exteriores de la vivienda. Esta vez decidí irme por calles interiores de Villa Alemana, El Belloto y Quilpué para evadir a los malditos micreros. Pasado la sede de la UTFSM tomé el camino El Olivar, que pasa por un costado del Jardín Botánico Nacional y llega a la calle Limache. Dejando atrás esta calle y tomando Viana, llegué a la Caleta Abarca donde descansé y contemplé un rato la inmensidad del mar. La vuelta fue por el mismo camino de la ida.

En total fueron 67km y 880m de desnivel positivo.

Caleta Abarca.

Placa conmemorativa de la muerte del más grande.

Espero seguir pedaleando y seguir conociendo más lugares de la zona durante los siguientes días.






domingo, 25 de septiembre de 2016

Brisas y sueños

Un leve brisa los despertó. Pequeñas pulsaciones de viento que entraban por la ventana y le acariciaban sus pies descalzos. Bocanadas de aire que coqueteaban con sus ortrejos y pelos de las piernas. Esto último le daba la sensación de tener un insecto merodeándolo, acosándolo. Violando parte de su intimidad. Se sentía intranquilo en sueños. Hasta que decidió que no podía seguir pasando eso. Con la brisa despertó. Con ello notó que no había tal bicho. Que las suaves y delicadas corrientes de aire mecían sus pelos, como si su misión fuera acurrucar aun bebé. Pero lo que el viento no sabía, era que se generaba una reacción en cadena. Un vello, enganchado a otro, provocaban el movimiento no sólo del primero, sino que del segundo también. Si el segundo estaba enganchado al otro, esto crecía y se volvía algo insoportable.

Hacía calor afuera. Pero como él estaba adentro no lo sentía. Sólo la brisa. Él, la brisa y los bichos imaginarios. Los pequeños seres que tanta gente aborrece. Que aplastan sin misericordia. Crac. Crac. Crac. Y su caparazón (¿así se llama?) se rompía en dos o más trozos. Los pelos del insecto imaginario también se veían. Se movían con las ondas que se generan al tener masas de aire frías y calientes. Convección. Y así el fluido gaseoso seguía su danza. El coqueteo entre ambas partes. Como un baile de apareamiento, que da resultado. Y ese resultado es el viento.

Se moja la cara. Quiere terminar de despertar. Siente su cuerpo caliente. Húmedo. Pero ya no quiere esa sensación. Igual rico estar sudado y que una brisa enfríe y el sudor y te baje la temperatura corporal. Quiere dejar de sentir ese ser que lo atormenta. Que lo obliga a pensar que tiene algo ajeno a él. Un parásito. Como una rémora y una mantarraya. La pareja perfecta. Solo que en este caso uno de los dos se siente incómodo. Y no es el bicho.

No es el bicho, porque no existe. Está en su imaginación. Quiere dejar de sentir. Dejar de imaginar. ¿Es posible abstraerse a tal nivel? No lo sé. Creo que él tampoco lo sabe ni llegará a saberlo. Se hace tarde y la brisa cesa. Se acaba, ç'est fini o algo así. El sueño lo domina, Lo atonta y lo adormece. Lo doma como a un caballo y lo hace caer rendido a sus pies. Comienza el sueño y una nueva perturbación. Una brisa muy pequeña. Ínfima. Como la que produce el aleteo de una mosca.